Cuando paseo por Madrid en San Isidro me sigue sorprendiendo una imagen que no por repetida deja de ser placentera: la de una ciudad en la que el tiempo se ha fundido. Pasado, presente y un fogonazo visionario de futuro tiñen cada calle de fiesta. Se contempla en pañuelos y mantones de las chulapas; en gorrillas y chalecos de los chulapones, en los atuendos a la última de los más jóvenes. Se palpa en el organillero, en el barquillero, salidos de una estampa de hace más de un siglo, y en la última generación de teléfonos móviles que portan gran parte de los paseantes; se olfatea en el olor a churros y algodón de azúcar que anuncia la proximidad de la verbena, mientras la mirada se posa en el diseño vanguardista de un bar recién estrenado. Se escucha en los acordes del chotis, del pasodoble o del cuplé, mezclados con los del rock y la música electrónica.

Es el Madrid –diverso, castizo y moderno, abierto, curioso– que cada mayo, con la primavera en plena eclosión, se viste de punta en blanco y se lanza a disfrutar de la alegría de la calle para celebrar las fiestas de su patrón, San Isidro. Es un Madrid único en su diversidad. Si miramos bajo los pañuelos y las gorras, nos encontramos rostros de madrileños nacidos en cualquier punto del globo. El retrato de Madrid es todo menos uniforme, reflejo de la generosidad y la vocación de acogida que tiene esta ciudad.

Me gusta mucho nuestro Isidro, un santo humilde, labriego apegado a la tierra, y parecido como pocos a los habitantes que están bajo su advocación. Su capacidad legendaria de hacer dos cosas a la vez es una parábola de la destreza que tenemos los madrileños para esforzarnos en cualquiera de nuestras responsabilidades y, a la vez, saber disfrutar del ocio y la diversión, saber apurar la vida. Su humildad, una seña de identidad que permite a madrileños y madrileñas sentir el orgullo de serlo sin denostar a quien no lo es.

Nardos y claveles, las flores más castizas, y una serie de mujeres diferentes, de todas las edades, de distintas procedencias os da la bienvenida desde los carteles que adornan paseos, plazas y avenidas y muestran nuestro deseo de hacer unas fiestas cada vez más inclusivas. Sobre los colores de la primavera, ellas os invitan a ojear el programa que hemos editado con las más de 200 citas, en 15 escenarios diferentes. Estoy segura de que quien eche una mirada va a encontrar no una, sino muchas propuestas de su agrado y otras que le despertarán la curiosidad por descubrirlas. Esa ha sido nuestra intención: ofrecer no solo variedad para llegar a todos los públicos, sino también tentación para que os atreváis a conocer nuevos grupos, nuevas manifestaciones artísticas, nuevas fórmulas de expresión inherentes al Madrid de hoy. Estoy segura de que nadie, al abrir las páginas de ese programa, va a quedarse indiferente.

Me gusta leer los pregones de cada año porque reflejan la visión que cada uno de los pregoneros y pregoneras, ilustres madrileños y madrileñas de nacimiento o de acogida, tiene de esta ciudad. He escogido un párrafo del que pronunció el escritor Antonio Gala, allá por 1981, porque es un buen compendio de mis deseos para estas fiestas: "No más fuegos en Madrid que los artificiales, ni más vaivenes que los de la noria, ni más tiros que al blanco y al pichón, ni más tragedias que las de los teatros". ¡Feliz San Isidro!