'Manspreading': una cuestión política

CLARA SERRA. (DIPUTADA DE PODEMOS EN LA ASAMBLEA DE MADRID) Y ALFREDO RAMOS (GABINETE TÉCNICO DE PODEMOS EN LA ASAMBLEA DE MADRID)OPINIÓN
La responsable del Área de Igualdad de Podemos, Clara Serra.
La responsable del Área de Igualdad de Podemos, Clara Serra.
PODEMOS/ALVARO MINGUITO

La entrada en vigor en agosto del 2014 del Convenio de Estambul supuso un punto de inflexión en la lucha contra las violencias machistas. Era la primera legislación a nivel europeo vinculante en esta materia. El documento ponía negro sobre blanco que la causa fundamental de la violencia machista es la desigualdad entre hombres y mujeres y que esto constituye una violación de los Derechos Humanos, lo que obliga a los países firmantes a enfrentarla llevando a cabo medidas legislativas en diversos frentes.

A su vez el movimiento feminista y el conjunto de la sociedad española han tenido un papel fundamental a la hora de denunciar las diferentes formas de violencia contra las mujeres. Hemos pasado de aquellos antiguos carteles de una mujer con un ojo morado a campañas que han puesto el acento en actitudes y comportamientos mucho más invisibles. Destaca en este sentido la reciente campaña del Ayuntamiento de Madrid contra la cultura de la violación. "No es no", decía la campaña de Carmena, a las tres de la tarde o a las tres de la mañana, si invitaste a la primera o después de las última, si quedasteis para eso o si al final no. No es no. Puede que haya quien piense que hay cosas más graves y urgentes, que no es una campaña que aborde problemas acuciantes. Pero quien piense así se equivoca, pues se trata de la defensa de los Derechos Humanos más elementales de la mitad de la población

Uno de los espacios en los que las mujeres sufren gestos y actitudes machistas todos los días, a menudo bajo la aceptación social bajo el manto de la normalidad, es el transporte público. Es una experiencia compartida por muchas mujeres de España, de Europa y del mundo sentirse acosadas en los transportes y eso ha llevado incluso a algunos países a hacer vagones reservados solo para mujeres.

Un vagón de metro es ese tipo de espacios que todavía contiene en su interior muchas actitudes y comportamientos que a día de hoy siguen normalizados pero que no deberían ser normales. Que muchas mujeres afirmen sentirse incómodas, sientan su espacio físico invadido o digan haber sido rozadas o tocadas en el metro o el autobús, revela una evidencia indudable: que nos toca avanzar para desterrar el machismo de nuestros transportes públicos y que eso pasa necesariamente por aprender a abrir los ojos ante un uso abusivo del espacio y una falta de respeto sobre la que nos debemos hacer conscientes.

Esta semana el Ayuntamiento de Madrid recogió la iniciativa de los colectivos Mujeres en lucha y Madres estresadas, encaminada a visibilizar a través de carteles el manspreading, es decir, el despatarre de quienes van sentados con las piernas abiertas y ocupando el espacio de los asientos contiguos. La campaña de redes interpelaba también a la Comunidad de Madrid y por eso recogimos desde Podemos la propuesta y hemos registrado una proposición no de ley en la Asamblea de Madrid. Y la polémica no se ha hecho esperar, porque el mismo día que anunciábamos la iniciativa las redes se llenaron de personas enormemente indignadas, fundamentalmente por dedicarnos a asuntos supuestamente menores e irrelevantes (como si dedicarnos a esto implicara no dedicarnos a muchas otras cosas) o por ver en un problema de mala educación un problema de machismo.

Suponemos que quienes identifican un problema de falta de educación estarán de acuerdo en que existan unos carteles llamando la atención sobre ello, como existen unos carteles que piden un comportamiento cívico con las personas mayores o con las mujeres embarazadas. Suponemos que esas personas estarán de acuerdo con que pedir respeto y civismo en los espacios públicos que todos y todas compartimos no es un asunto menor o irrelevante.

Quienes consideran que nada tiene que ver con el machismo deberían reflexionar si acaso, en una sociedad desigual, en la que hemos sido educados hombres y mujeres de forma diferenciada a la hora de hacer uso del espacio, en la que a las mujeres se les ha educado para cruzar las piernas y ocupar poco sitio, quizás el que millones de mujeres afirmen haber sentido su espacio físico invadido dentro de un transporte público tenga que ver con una invasión del espacio físico por parte de algunos hombres. La reacción virulenta que desata una iniciativa como esta, que por otra parte ya lleva tiempo existiendo en transportes de Tokio o Nueva York, revela que se ha tocado hueso. Revela que estamos iluminando y visibilizando uno de esos gestos ocultos e invisibles que aún no tienen nombre, que aún están demasiado dentro y demasiado cerca para ser identificados. Celebramos, por tanto, el trabajo del movimiento feminista y del Ayuntamiento de Madrid por hacernos dar este paso.

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