Podría contar con los dedos de la mano los profes que me han marcado; incluso con los de la mano de Bart Simpson. Y eso incluye a todos los de preescolar, EGB (ya tenemos una edad), BUP, COU y universidad. ¿A cuántos de ellos echaría de menos la humanidad si se hubiesen dedicado a otra cosa? ¿Por cuál habría que viajar al pasado para evitar que su decisión de dejar la docencia para opositar a notarías supusiese una catástrofe sin paliativos...? Posiblemente, por ninguno. O tal vez sí. Porque en nuestra particular trayectoria vital, el peso de un maestro puede resultar clave. Para bien o para mal.

Todos sabemos de alguien que trata de encontrar sentido al universo por culpa de una profe de Física; de quien vive por voluntad propia entre declinaciones latinas gracias a aquel vejete que le descubrió a Virgilio, o del que se quema las pestañas en archivos polvorientos como consecuencia de unas inolvidables clases de Historia. Sí, es probable que nuestras vocaciones nazcan con la pubertad, mientras contamos los pelos del sobaco y tratamos de esconder el acné. Pero, antes de todo eso, llegan otros estímulos, los que nos van a definir como personas.

En esa edad en la que no nos preocupa el futuro porque ya sabemos que, cuando crezcamos, vamos a ser astronautas-científicos-futbolistas-piratas-superhéroes-exploradores-apaches-detectives-cantantes, los docentes, además de enseñarnos a leer, escribir, sumar, multiplicar y dividir (tampoco lo deis por hecho, que luego pasa lo que pasa), podéis ser decisivos en el tipo de individuos que seremos.

Con vosotros pasaremos muchas horas al día y nos ayudaréis –al menos, tanto como nuestros padres– a construir conceptos como el de autoridad (la moral, la que de verdad cuenta). Liberarnos de cargas y de culpas –pero nunca de responsabilidades, ojito– nos ayudará a crecer preocupados de lo que realmente importa y sin lastres innecesarios en la mochila. Lo contrario solo dificulta ese objetivo final que debe ser la búsqueda de la felicidad, tal y como la reconoce la Constitución de los Estados Unidos pero en las antípodas de lo que entendieron Paulo Coelho y Mr. Wonderful.

Los niños felices no garantizan adultos felices. Les esperan demasiados imponderables en la vida y la mayoría están más allá del alcance de los profes (y de los padres). Pero quizá en el futuro un boletín de notas les recuerde que hubo un momento en que sí lo fueron. Y que alguien supo valorarlo con un sobresaliente.