Ocurrió también el año pasado. A medida que vamos dejando atrás el invierno y nos vamos adentrando en el periodo estival, el ánimo ciudadano experimenta una leve mejoría. Podríamos dar a este fenómeno la recurrida explicación de carácter estacional: con temperaturas más agradables y días más largos apetece salir más, tomar algo en una terraza, dar un tranquilo paseo...

En este caso, y sin restar mérito al verano, parece que aquello que empuja hacia arriba el ánimo ciudadano es la creciente satisfacción con el rumbo del país, que, a su vez, crece gracias a una mejor valoración de la situación política y económica.

Al igual que el verano viene acompañado del buen tiempo, los cambios de gobierno suelen venir acompañados de ilusión. Se tenga o no simpatía por el nuevo partido que ocupa el Ejecutivo, la sensación de cambio, de aire fresco y de borrón y cuenta nueva tienden a hacernos juzgar la situación del país con menos dureza. Es lo que se conoce como 'efecto luna de miel'.

Es cierto que existen Gobiernos que logran mantener más o menos viva la ilusión durante toda la legislatura debido a su gestión, sobreponiéndose así al final de la luna de miel. Pero este efecto, como todo, también tiene fecha de caducidad. En algunos casos termina de forma abrupta con la primera medida del nuevo Gobierno. En otros, el furor va decayendo poco a poco dejando paso a la normalidad. ¿Qué tipo de luna de miel será esta?, ¿vivirán el Gobierno y la opinión pública un dulce verano? La mejor respuesta: en la siguiente ola del Ulises.

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