Todas las víctimas

LEILA NACHAWATI. ESPECIALISTA EN ORIENE MEDIO Y NORTE DE ÁFRICA
Leila Nachawati
Leila Nachawati
20minutos

Daesh ha reivindicado el atentado que el miércoles causó la muerte de cuatro personas y decenas de heridos en el centro de Londres. Igual que ocurrió antes en Niza y Berlín, y como probablemente continúe ocurriendo, a estas alturas queda claro que no hace falta pertenecer a las filas del grupo ni formar parte de su organización para ponerle el sello Daesh a atentados de distinto calado en todo el mundo, porque el autodenominado Estado Islámico es ya mucho más que un proyecto territorial.

Daesh, que en los últimos meses ha sufrido derrotas en Irak y Siria, los países donde surgió y que más sufren su presencia, no desparece por mucho que avance la guerra contra ellos, porque el grupo ha conformado un ideario, un imaginario al que cualquiera en cualquier lugar del mundo puede recurrir para canalizar sus propios odios y frustraciones. Basta con un mensaje, grabado o escrito, en el que el autor del atentado jure lealtad a Daesh, para pasar a engrosar la lista de mártires del grupo.

Ese imaginario de Daesh se nutre del odio, de la violencia y la impunidad creciente, y sus principales víctimas son las poblaciones locales de la región de Oriente Medio y Norte de África, secuestradas por ocupaciones extranjeras (Rusia o Estados Unidos) y represiones domésticas (el régimen sirio, el egipcio, o la ocupación israelí). Una violencia que va en aumento aunque apenas sea visible en los medios internacionales, que contribuyen a normalizarla.

Solo en Siria, el martes murieron más de 100 civiles en Mansoura (Raqqa), víctimas de un bombardeo estadounidense sobre una antigua escuela. No era una posición militar de Daesh, ni servía para labores logísticas de sus operaciones militares o civiles, sino un albergue donde vivían más de 250 personas desplazadas de otras zonas del país. Mientras Estados Unidos bombardeaba infraestructuras civiles en Raqqa, los bombardeos del régimen de Bashar al-Asad y su aliado ruso se cebaban con la población de Idlib, que va camino de convertirse en una nueva Alepo, una ciudad milenaria desaparecida bajo fuego internacional, con miles de víctimas civiles. En Mosul (Irak), los últimos ataques estadounidenses han dejado más de 200 víctimas, la mayoría civiles que se ocultaban en refugios improvisados. Unos atentados que no despiertan indignación, declaraciones ni llamadas a la solidaridad y que fomentan la impunidad, la sensación de desprotección y la desesperación de las poblaciones de la región, castigadas a la vez por el terrorismo de Daesh.

Estos días oiremos, como tras cada uno de los atentados anteriores contra capitales europeas, que los terroristas atentan "contra nuestro modo de vida", un nosotros frente a ellos que a menudo deja fuera a todas esas víctimas de atentados y bombardeos, tanto de Daesh como de otros actores, en países como Irak o Siria. Daesh se alimenta de esa división entre nosotros y ellos, de ese pretendido choque de civilizaciones que plantea el odio en clave de diferencias irreconciliables entre religiones, en vez de en clave de convivencia y diversidad frente a violencia e impunidad.

Frente a ese discurso, la clave está en que ese nosotros frente a ellos se plantee haciendo frente común con las víctimas. Con todas las víctimas (iraquíes, sirias, francesas o británicas) frente a quienes siembran el terror, ya sea en forma de atentados en nombre de una visión literal del Islam o en forma de bombardeos contra poblaciones civiles por las que nadie hará un minuto de silencio.

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