No conozco otro país en el que, tras quedar acreditado que no se cumplen los requisitos, se le dé el visto bueno a algo. Esto, que parece de sentido común, es lo que ha pasado con el dictamen del Consejo de Seguridad Nuclear sobre Garoña. A pesar de que es patente que la central no ha cumplido las condiciones de seguridad exigidas por el propio organismo, el CSN ha decidido dar luz verde a su reapertura.

Garoña, inaugurada hace 46 años, ya cumplió con la vida útil para la que estaba diseñada. Lleva cerrada desde 2012, sin que ello haya tenido impacto en nuestro sistema eléctrico. ¿Merece la pena el riesgo?

La cuestión, en realidad, no es la reapertura de Garoña, sino que esta decisión abre la puerta al alargamiento de la vida de las nucleares hasta los 60 años. Esto es inaceptable sin tener resuelto el problema del almacenamiento de los residuos; y postergando, una vez más, un cambio de modelo energético, frenando una opción clara de futuro para la industria española como es el desarrollo de las renovables. ¿Por qué seguir apostando por energías sucias cuando existen alternativas más baratas, que no dejarán residuos durante miles de años? Incluso potencias europeas como Alemania han comenzado a dar pasos para cerrar sus centrales definitivamente. En España también es posible, pero ello requiere la valentía de apostar por un modelo energético más justo, limpio y sostenible.