Un poco de autocrítica no viene mal ahora que andamos enfrascados en la negociación agotadora de los pactos: a los españoles nos gusta considerarnos unos apóstoles del consenso, pero ahora que necesitamos alianzas, algunas de ellas contra natura, solo las aceptamos si no suponen sacrificio alguno de nuestras ideas.

O con epidural o nada. Si benefician a los nuestros, los describimos como pactos razonables de dirigentes que saben estar a la altura del mensaje que recibieron de los ciudadanos. Y si benefician al contrario, pasan a ser cambalaches de filibusteros presos de su codicia. Y punto. Fin del debate.

Algo no cuadra. Y ese algo es la paradoja de la pluralidad. Hemos apostado en España por Parlamentos y Plenos con más voces, pero a nuestros representantes les cuesta gobernar las consecuencias de esta diversificación de la oferta.

¿Por qué? Pues, entre otras razones, porque prefieren mantener su presunta pureza ideológica para evitar que sus votantes y simpatizantes les puedan acusar en la Santa Inquisición de las redes sociales y de los grupos de WhatsApp de traicionar sus idearios. Mejor un cordón sanitario que recuerde que soy tan incorruptible como el brazo de Santa Teresa a que te recuerden como el Judas del pueblo.

El problema es que, en política, dos más dos también suman cuatro, y no hay manera de cerrar un acuerdo de gobernabilidad que garantice unos estándares de estabilidad sin renuncias y renuncios. Y eso vale para todos: para quienes se sienten depositarios de las esencias de la Constitución y también para quienes vinieron a cambiar la política y de momento solo se han cambiado a sí mismos.