Si abandonamos la corrección política durante unos segundos de nuestras vidas, convendremos que en el debate público nacional ha calado esa idea que sostiene que lo que importan no son los hechos sino cómo se perciban, sobre todo en esta época en la que hemos aceptado la mentira como una herramienta esencial de la refriega y nos encontramos en España con políticos dispuestos a afirmar que las ballenas son animales de compañía si con eso ganan posiciones en sus peleas cortoplacistas.

En este juego, ganan quienes son capaces de colocar en el imaginario colectivo sus prejuicios por delante de nuestros juicios. Y en esta disputa se está abusando hasta la histeria del uso masivo de las etiquetas ideológicas, de esas que, con dos o tres palabras, convierten a los tuyos en seres angelicales nacidos para el altruismo y el bien común, y a los que no lo son en personajes maléficos que parecen recién salidos de un cómic de Marvel.

La política española se ha convertido en un inmenso cliché, un bazar polarizado en el que se practica un maniqueísmo de tercera regional trufado de consignas en las que lo de menos es que respondan a la verdad.

Y el resultado es un collage de frases vacías en el que compiten los gobiernos del cambio y los del recambio, los cordones sanitarios y los trifachitos, y en el que la pelea entre los guardianes de todas nuestras esencias democráticas empieza a agotar al español medio, ese que piensa que la política, por mucho que algunos se empeñen en desmentirlo a diario, es mucho más que repetir una y otra vez y de forma obsesiva un puñado de consignas vacías.