Que España lleva varios años enganchando una serie muy positiva de turismo es cosa sabida: las tasas de ocupación hotelera nos lo recuerdan día sí día también desde las noticias de los noticiarios. En 2015, último año disponible, España se situaba como tercer destino para el turismo internacional, con 68,5 millones de visitantes. Las estadísticas del INE nos muestran que en 2016 se alcanzaron los 75 millones, y entre enero y junio de 2017 recibimos un 11% más de los turistas que recibimos en 2016. La aportación de turismo total al PIB de España era, en 2015, del 11,1% de nuestro producto interior bruto, casi un punto más que en 2010. Su impacto en el empleo es superior: el 13% del empleo está generado por el turismo, y es la partida de equilibra nuestra balanza comercial desde hace años.

Los recursos naturales deben manejarse con prudencia para no distorsionar la economía

Se repite que el turismo es “nuestro petróleo”. Y tienen bastante razón quienes lo dicen, pues su factor principal se basa en un recurso que nos llega gratuitamente y de manera ilimitada: el sol y el agua del mar. Con ambos factores, la economía española ha construido una industria que es capaz de aprovechar dichos recursos de manera eficiente y generando mucho valor añadido, empleo y riqueza. La llegada de turistas a España ha sido y es, indudablemente, un factor de desarrollo económico, social y cultural. Pero no todo son ventajas.

En primer lugar, aunque el sol y el agua de mar son prácticamente ilimitados, se necesita una infraestructura adecuada para poder construir un canal de aprovechamiento: infraestructuras hoteleras, servicios, adecuación de las infraestructuras del transporte, acceso a agua potable, electricidad. En muchos casos y en algunas zonas, el nivel de saturación de nuestras costas es notorio, incluyendo operaciones aberrantes como el famoso Algarrobico en Carboneras.

El impacto ambiental del turismo en algunas zonas altamente saturadas está siendo muy negativo. Y se debería incluir ahí el impacto en el “medio ambiente urbano”: basuras, aglomeraciones, en algunos casos problemas de convivencia con los vecinos, saturación de calles. La capacidad de carga de nuestras costas ya está verificada por numerosos estudios, que llevaron a establecer una legislación específica sobre el particular. Pero no así la capacidad de carga de algunas las ciudades, que se enfrentan a la difícil decisión de permitir un incremento del turismo o de negar la construcción de nuevas infraestructuras, incluyendo la regulación sobre las viviendas de alquiler turístico. Es decir: hay un límite ambiental –costero, pero también urbano- a los turistas que podemos acoger. El turismo no puede crecer indefinidamente, y, hasta el momento, las iniciativas de diversificación y elevación del valor añadido (turismo cultural, gastronómico, de interior, de negocios) han tenido resultados prometedores pero lejos de los necesarios. Al final, el motor sigue siendo el sol y la playa.

No podemos esperar que nuestro patrón de crecimiento se base en la llegada ilimitada de turistas

El segundo aspecto negativo es más sutil y menos obvio: si entendemos el turismo como nuestro “petróleo”, nos enfrentamos, también, a una suerte de “enfermedad holandesa”, fenómeno económico denominado así por los perniciosos efectos que tuvo en los Países Bajos el descubrimiento de abundante gas en sus costas del mar del norte. Holanda vio una fuente inagotable de divisas, pero su explotación poco planificada llevó al país a una fuerte inflación, caída de las inversiones en otros sectores y desequilibrios macroeconómicos.

Los recursos naturales gratuitos y exportables –como el petróleo o el sol y la playa- deben manejarse con prudencia para no distorsionar la economía y dificultar el crecimiento de otros sectores con mayor valor añadido. No podemos esperar que nuestro patrón de crecimiento futuro se base en la llegada ilimitada de turistas: necesitamos ordenar la situación. Una idea podría ser el establecimiento de un “ticket moderador” en modo de tasa turística –pequeña, pero efectiva- cuyos ingresos se destinasen a un fondo soberano para la promoción de la I+D y la sostenibilidad ambiental. Otros países ya los tienen para los ingresos del petróleo. De esta manera, el pan para hoy se convertiría en prosperidad para mañana.