Robotización: ni pánico, ni optimismo

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTAOPINIÓN
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

El domingo 26 de febrero, el New York Times publicaba un extenso artículo sobre los efectos de la automatización en la generación de desempleo. El titular no dejaba lugar a dudas: "La marcha de la máquina produce manos ociosas". A este titular le seguía una introducción: "La prevalencia del desempleo con una producción industrial creciente señala a la influencia de los equipos que ahorran trabajo como la causa subyacente". Nada de más rabiosa actualidad, que obviamente mereció la atención de tan importante medio de comunicación. El punto interesante de este artículo es que se trata, sí, de un 26 de febrero, pero de 1928. El miedo a la automatización de la producción no es nuevo: se viene produciendo cíclicamente desde el inicio de la era industrial. Y desde entonces, sin duda, las economías occidentales han generado cientos de millones de puestos de trabajo, multiplicado su productividad hasta límites inicialmente insospechables, y generado riqueza y bienestar para amplias capas de la población.

Si el continuo proceso de automatización y de crecimiento de la productividad ha supuesto, históricamente, la generación de nuevos puestos de trabajo, ¿por qué deberíamos preocuparnos ahora? Con bastante probabilidad, surgirán nuevos mercados y nuevas iniciativas que permitirán contratar a cientos de miles de personas en actividades que hoy en día ni siquiera conocemos. ¿Tendríamos que preocuparnos, entonces?

Los economistas que nos alarman sobre este momento señalan que el problema de la actual transición tecnológica es que el ritmo potencial de sustitución de fuerza de trabajo es muy superior al ritmo de generación de nuevos puestos en nuevas profesiones vinculadas a la llamada 'cuarta revolución industrial', y no tenemos claro que los puestos generados lo sean en el mismo país o, ni siquiera, en el mismo continente. Entre 2003 y 2012, antes de cerrar, la legendaria multinacional fotográfica Kodak destruyó más de 50.000 puestos de trabajo. Entre 2009 y 2015, Samsung Electronics, uno de los fabricantes de móviles con los que hacemos hoy en día nuestras fotografías, creó 275.000 puestos de trabajo. El problema es que los creó en otro sitio y con otras habilidades y competencias necesarias.

Hay estudios que señalan que hasta un 47% de los empleos corren un riesgo alto de automatización, en muchos casos ese riesgo no pasará de ser potencial durante bastante tiempo. En primer lugar, porque los costes de sustitución de la mano de obra por procesos automatizados no son nulos, y cuando los introducimos en la ecuación, las cuentas pueden no salir. En segundo lugar, porque buena parte de las tecnologías que hoy se consideran sustitutivas de la actividad humana están todavía en fase de experimentación y tardarán bastante tiempo en convertirse en estándar en el mercado. Por poner un ejemplo, la consultora internacional Gartner, especializada en el análisis de tecnologías emergentes, señala que la mayoría de las tecnologías que actualmente están en fase de demostración tardarán más de cinco años en hacerse realmente operativas en el mercado, y otras, como los vehículos autónomos, tardarán más de diez años. Por lo tanto, los marcos temporales de los que estamos hablando nos situarían en el horizonte del año 2030 aproximadamente. Es poco tiempo en términos históricos, pero suficiente si lo medimos en términos de políticas públicas y de adaptación de las mismas a la nueva realidad laboral. Hay margen para que nuestra población activa, nuestro tejido empresarial y nuestras administraciones acometan las medidas pertinentes de recualificación profesional y protección social, política industrial y adaptación del mercado.

Hay tiempo para actuar pero no hay tiempo que perder. Entre el pánico que paraliza y el optimismo que se despreocupa, cabe una postura realista que nos permita avanzar. La decisión está en nuestras manos.

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