El Foro Económico Mundial inauguró ayer la reunión anual que, desde 1971, viene celebrando en la localidad suiza de Davos. En la misma se dan cita jefes de Estado y de Gobierno, celebrities con causa, los ejecutivos de las grandes compañías mundiales, activistas de diferentes pelajes, intelectuales, consultores, autores renombrados, y cualquiera que sea admitido en tan selecto club. Durante cuatro días, la llamada élite mundial dará cuenta del estado y situación del planeta a través de paneles de expertos más o menos acertados, centrándose este año bajo el lema de "Crear un futuro compartido en una sociedad fracturada".

Los lemas grandilocuentes de Davos no son nuevos. La cita se precia de ser el ágora internacional más relevante para discutir tendencias, examinar las nuevas realidades socioeconómicas, tecnológicas o ambientales, y compartir puntos de vista desde las diferentes posiciones políticas, empresariales o intelectuales. Antaño señalado como la piedra angular del poder global, y, por lo tanto, motor fundamental del neoliberalismo, hoy Davos busca su lugar en el mundo incorporando en su agenda aspectos sociales y ambientales, como el informe sobre el índice de crecimiento inclusivo o el informe mundial sobre riesgos. Productos todos ellos de gran calidad técnica y de probada solvencia intelectual que terminarán definiendo parte de la agenda del año 2018.

Hubo un momento, no hace tanto, en el que la cumbre de Davos tuvo un contrincante a la altura, el Foro Social Mundial, que durante años consecutivos reunió a decenas de miles de personas provenientes de organizaciones no gubernamentales, sindicatos, movimientos sociales, organizaciones ecologistas, intelectuales y medios de comunicación en Portoalegre. La sorpresa que se llevó el mundo en 2001, cuando el primer Foro Social Mundial tuvo lugar, dio paso a la búsqueda de consensos y de diálogos entre ambos espacios. La crisis económica internacional erosionó el movimiento hasta el punto de hacerlo irrelevante: de abrir las portadas de los grandes medios de comunicación, a convertirse en un espacio relativamente marginal sin impulso y sin capacidad de incidencia real.

Es una lástima: cuando más necesaria era su presencia y sus mensajes, el Foro Social Mundial languidece por incapacidad de recuperar una visión internacional de la situación económica, dejando a los movimientos y organizaciones sociales en un ámbito prácticamente circunscrito a la reflexión nacional y, en muchos casos, nacionalista. No se esperan grandes cosas de su próxima edición en Salvador de Bahía, en marzo. En la batalla de las ideas sobre la globalización, entre Davos y Portoalegre, Davos ganó de goleada.

Portoalegre abrió las puertas a nuevos modelos de gestión pública

Pero en su derrota, hay que reconocer una parte de su victoria: Portoalegre abrió las puertas a nuevos modelos de gestión pública –como los presupuestos participativos–, situó el problema del cambio climático, el medio ambiente y las desigualdades internacionales en la agenda global, y permitió que toda una generación de jóvenes creciera en el marco de la lucha contra la guerra de Irak y promoviera nuevas fórmulas de democracia económica, como el emprendimiento social. Mucho de ello ha pervivido a lo largo del tiempo, y parte de sus mensajes fueron incorporándose a la corriente principal del mainstream del pensamiento global. Si hoy Davos se preocupa por la igualdad entre hombres y mujeres –preocupación retórica a la vista de los participantes–, reflexiona sobre la desigualdad o plantea que los riesgos internacionales que acechan a la humanidad son de carácter ambiental, es también por el impulso que generó Portoalegre en la opinión pública internacional.

Es un magro resultado, sí. Sobre todo a la luz de los tremendos impactos sociales que dejó la crisis y que, atendiendo al último informe de Oxfam sobre desigualdades globales, no solo no se corrigen, sino que se amplían. A veces no se trata solo de hablar.