Todo parece indicar que la canciller Angela Merkel repetirá, en un cuarto mandato, al frente del país central de la Unión Europea. Su descalabro electoral, perdiendo casi un 20% de los votos de 2013, solo es comparable al sufrido por su socio de gobierno, el SPD, que se ha situado en sus mínimos históricos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Los socialdemócratas alemanes han decidido ya no continuar ejerciendo un papel de apoyo al gobierno de los conservadores. Se acabó, por lo tanto, y al menos por ahora, el tiempo de la gran coalición. Esta decisión tiene un doble efecto: intentar parar el paulatino deterioro de sus expectativas electorales —achacadas a la Grosse Koalition— y no permitir que los fascistas de Alternativa por Alemania se alcen como líderes de la oposición.

Esta negativa socialdemócrata a continuar en el gobierno obligará a Merkel a buscar nuevos socios de gobierno entre aquellos que pueden serlo, los liberales del FPD o los verdes, en lo que se ha denominado la 'coalición a la jamaicana' por los colores de los tres partidos, coincidentes con los de la bandera del país caribeño. Son malísimas noticias para Europa y, particularmente, para Europa del Sur.

Son malísimas noticias para Europa y, particularmente, para Europa del Sur

Para Europa, porque el giro a la derecha que supone la salida de los socialdemócratas del gobierno se notará inmediatamente en la posición de fuerza que ha mantenido a Merkel firme en materia de gestión de la crisis de los refugiados. El aumento de la extrema derecha viene en buena medida determinado por esta posición, y la entrada de los liberales en el gobierno debilitará el consenso para mejorar los niveles de acogida y atención. Veremos, por lo tanto, una Europa más insensible. El problema no es tanto lo que ocurra en Alemania, el problema real se sitúa en que es probable que los países del este que mantienen una posición autoritaria y en algunos casos abiertamente racista respecto de los refugiados verán incrementado su margen de maniobra.

Y para el sur de Europa, porque la entrada del FDP en el gobierno endurecerá la posición alemana respecto a las reformas necesarias en la eurozona. Veremos una Alemania más intransigente respecto a los mecanismos de cooperación —como los eurobonos—, menos proclive a buscar espacios de cooperación y de reequilibrio entre los diferentes países y regiones, y más dura con la situación de países como Grecia. Los esfuerzos desarrollados durante este año para reformular algunas de las políticas de la zona euro, particularmente los lanzados por la Comisión Europea y el rápidamente desgastado Emmanuel Macron, no llegarán a buen puerto si los liberales alemanes se hacen con algunas áreas clave como las finanzas.

En definitiva, muy malas noticias. Para muchos analistas, la salida del SPD del gobierno es una noticia esperada, porque los resultados de este tipo de coaliciones para la izquierda no han sido positivos en términos electorales. Pero esto es solo una parte de la verdad. La otra parte es que la gran coalición alemana ha permitido establecer un salario mínimo interprofesional en el país, apoyar las medidas —pequeñas, pero significativas— de estímulo de la economía europea, como el Plan Juncker, y sobre todo, consolidar a Alemania como un interlocutor fiable en materias tales como la reforma de la eurozona o la crisis de los inmigrantes.

Con el cuarto gobierno Merkel escorado a la derecha, muchas de esas expectativas se verán muy rebajadas. Es cierto que la salida del gobierno de los socialdemócratas puede ser una buena noticia para sus militantes y, sobre todo, para sus expectativas electorales en 2021. Pero es una malísima noticia para los ciudadanos de la Unión Europea. Solo se puede hacer una lectura positiva de este hecho desde un mero cálculo electoral. El mismo tipo de cálculos que, como sonámbulos, nos está llevando por una senda que no deberíamos transitar