La trampa de la soberanía

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Que vivimos en tiempos de retroceso del internacionalismo y la globalización es algo que pocos pueden negar: se multiplican por doquier los ejemplos de reivindicaciones basadas en la soberanía: soberanía alimentaria, soberanía monetaria, soberanía comercial, soberanía energética… como si el ejercicio de la soberanía fuera, per se, un bálsamo de fierabrás que pudiera solucionar todos y cada uno de los problemas que nos acechan. Así, en la Arcadia de la soberanía, las sociedades soberanas son más justas, libres y prósperas, mientras que todos los problemas se sitúan fuera, en el otro: la Unión Europea es una trampa mortal, España nos roba, el Nafta nos ha robado empleos, etc.

Dani Rodrik nos explicó que quizá la globalización ha llegado demasiado lejos, y el actual nivel de integración económica internacional es pernicioso para buena parte de las sociedades que se han visto afectadas por ella. Pero para reclamar un nuevo orden internacional más justo y sostenible, de poco o nada sirven los llamamientos a la soberanía nacional. El Reino Unido lo está descubriendo ahora, en la medida en que el brexit supone no un ejercicio de soberanía, sino, como acertadamente ha señalado el economista Paul de Grauwe, una renuncia a la misma, por cuanto el acceso al mercado único europeo necesitará que acepte una normativa —la normativa del mercado interior— en la que, con su salida de la Unión Europea, ha renunciado a elaborar y modificar. El Reino Unido será, tras su salida de la UE, un país menos, y no más, soberano que antes.

El Reino Unido es solo un ejemplo, de los muchos que se podrían citar. En la actualidad, no existe —salvo quizá Corea del Norte— un país plenamente soberano en el mundo. Todos, de alguna manera, participan en estructuras y regímenes de cooperación internacional en los que, necesariamente, todos cedemos una parte de nuestra capacidad de decidir. Porque la capacidad de decidir no es un bien absoluto que se pueda ejercer sin poner en riesgo otras condiciones de la interdependencia global. ¿Tendríamos acaso derecho a presionar a un país que, soberanamente, ha decidido tener armas nucleares? ¿O que soberanamente aprueba el uso de la tortura? Sin duda, la soberanía nacional es también ser capaces de encajar y contribuir a estos mecanismos de cooperación para el fomento del bien común.

Cuando un país se integra en una estructura de cooperación o de integración internacional está ejerciendo, de esta manera, su propia soberanía. Es en la cooperación equitativa entre los pueblos donde se puede garantizar un mayor grado de autogobierno, no desde la desconexión o el aislamiento en virtud de algún tipo de supremacismo cultural, racial o lingüístico.

La enorme trampa de la soberanía es esta: cuando más nos encerramos en nuestra propia comunidad política, menos soberanos somos en un mundo abierto e interdependiente. Cualquier nacionalista irredento podría citar la enorme prosperidad creada en países pequeños como Singapur, Islandia o Liechtenstein. Pero esos ejemplos no cuentan toda la verdad: Islandia o Liechtenstein forman parte del área económica europea y deben asumir el acervo comunitario sin poder contribuir a su elaboración. Singapur es un régimen pseudodemocrático plenamente integrado en la Asean y con una tasa de apertura (importaciones y exportaciones) de más del 100% del PIB, lo cual significa que es poco más que una zona franca internacional, sin más economía interior que la provisión de servicios a los productos industriales que entran y salen del país.

Esta es la dramática realidad de nuestro tiempo: cuanta más soberanía reclamamos, más soberanía perdemos. Cuanta más soberanía compartimos, más soberanía ganamos. O comenzamos a darnos cuenta de esta realidad, o corremos el riesgo de terminar haciendo política fuera de la realidad, con graves consecuencias para todos.

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