Desde esta columna, y prácticamente desde cualquier medio de comunicación bien informado, se ha reflexionado en el último año sobre el impacto que tendrá sobre el empleo y la economía la transformación digital que vivimos. No faltan proyecciones sobre el futuro inmediato y su impacto en el empleo, incluyendo entre ellas las previsiones de automatización. Así, un estudio de la Universidad de Oxford se hizo famoso por predecir, sin horizonte temporal, eso sí, que el 47% de los empleos norteamericanos estaban en algo riesgo de automatización.

Otros estudios, como el desarrollado por la OCDE, barajaban cifras diferentes en función de la cualificación laboral, situando el porcentaje para España en un 12% de la población activa, también sin horizonte temporal. Este mismo año, el instituto Mckinsey señalaba que el ritmo de incorporación de la automatización es un factor clave y que la automatización supondría un proceso que llevaría entre 20 y 40 años, situando el escenario más temprano en el año 2035, para una automatización del 50% de las horas de trabajo.

De manera más cercana, el Foro Económico Mundial alertó a la opinión pública sobre la destrucción, de manera inmediata, de cinco millones de empleos. Cifra que deberíamos considerar alarmante si no fuera porque lo hizo sobre una masa laboral de 1.500 millones de personas, esto es, que la reducción de puestos de trabajo afectaría al 0,3% de la población activa estudiada.

Pero antes que temer la incorporación de los robots a nuestros puestos de trabajo, debemos atender otras amenazas, no surgidas directamente de la capacidad de computación de un ordenador. El verdadero elemento disruptor no es la automatización per se, sino la aparición de nuevos modelos de negocio que están modificando los modos de consumo y de producción de buena parte de nuestros servicios. Los trabajadores de un hotel no deben temer a los robots, sino a Airbnb.

No hay que temer a la incorporación de robots a nuestros puestos de trabajo, sino a la aparición de nuevos modelos de negocio

Los taxistas no deben temer al coche autónomo, sino a Uber. Los dependientes no deben temer al robot de vending, sino a Amazon. Los trabajadores de la banca se enfrentan no solo al cajero automático, sino a la irrupción de las fintech, como las plataformas de crowdfunding. Antes de que un robot o un algoritmo aprenda a hacer nuestro trabajo, es bastante probable que haya desaparecido en virtud de nuevos modelos de negocio que, aprovechando tecnologías existentes, están ganando poder y mercado a marchas forzadas.

Nadie ha calculado exactamente cuál es el impacto macroeconómico de estos nuevos modelos de negocio, pero ya podemos hacernos una idea del impacto que tendrán en términos de relaciones laborales: esta semana Amazon ha anunciado que prescindirá de los servicios de mensajería tradicionales –que estaban viviendo una pequeña primavera con la compra online– para contratar su propia flota de 'repartidores' bajo principios muy parecidos a los que operan en las plataformas de Deliveroo o Glovo.

Sustituiremos puestos de trabajo regulados y con derechos no por robots, sino por puestos de trabajo precarios para trabajadores vulnerables. El éxito de estos nuevos modelos de negocio no es la generación de valor, sino su captura por cada vez menos manos. Porque a un cliente le afectarán poco las condiciones laborales del repartidor que le trae su compra online: como en las gasolineras donde nos echamos la gasolina o los supermercados donde nosotros mismos hacemos de cajeros, no veremos nuestras facturas reducidas.

La revolución industrial tiene un componente tecnológico innegable. Pero es solo un habilitador, un factor desencadenante de una transformación profunda que puede modificar las maneras en las que entendemos el concepto de trabajo. Si no sabemos reaccionar a estos retos, si lo dejamos pasar, el problema no será la inteligencia artificial, sino la estupidez humana. Y contra esa no tenemos cura.