Por qué necesitamos al sector público

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA
Economista. CEO en Red2Red Consultores.
Economista. CEO en  Red2Red Consultores.
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El ser humano es un animal simbólico. Y como tal, nos entusiasman los mitos, las historias que movilizan nuestro imaginario romántico y soñador. Como el de la creación de una gran multinacional tecnológica en un garaje de una casa adosada. Así nos dicen que nacieron los grandes de la economía digital. Si uno mira la biografía de los grandes emprendedores digitales, encontraremos jóvenes inconformistas, que probablemente no terminaron sus estudios en universidades de élite, encerrados en sus garajes o en la habitación de la residencia universitaria, buscando la manera de cambiar el mundo.

Sí, esta es una parte de la historia: la creatividad y el empuje individual, el genio solitario que es capaz de levantar una gran compañía de la nada. Pero no es toda la historia. Los pioneros de la era de la información no podrían haber visto sus proyectos germinar si no se hubieran encontrado con el fértil suelo de una política de innovación sistemática y dirigida, sí, por el sector público. Sólo unos datos: de acuerdo con Manuel Castells, entre los años 50 y 60, décadas básicas para entender el lanzamiento de la industria de circuitos integrados en Silicon Valley, el 50% de las compras de microchips eran atribuibles al gobierno de los Estados Unidos.

La carrera espacial y armamentística de aquellos años de guerra fría estimuló el surgimiento de la industria tecnológica del valle, que encontró después muchas aplicaciones civiles a sus productos. Fruto también de este impulso tecnológico público fue ARPANET, una red descentralizada de ordenadores cuyo objetivo (dicen) era mantener la comunicación entre ellos en caso de ataque nuclear. ARPANET evolucionó durante los años ochenta del pasado siglo, convirtiéndose en la actual Internet, estructura de comunicación madre de la economía digital. Lo mismo podría decirse del GPS, sistema imprescindible para entender la geolocalización y sus numerosas aplicaciones, entre ellas, el Big Data. GPS fue un sistema desarrollado, iniciado y gestionado hasta hace bien poco por el Departamento de Defensa de Estados Unidos.

Los ejemplos no se refieren sólo a Estados Unidos. La ilusión mimética por el ecosistema innovador de Israel, que ha atraído a varios políticos españoles, obvia el papel jugado por el efecto que genera que Israel tenga el ejército tecnológicamente más avanzado del hemisferio, principal cliente de numerosas startups del país. En Europa, los avances desarrollados en física de partículas, investigación básica que contribuye posteriormente a numerosos avances tecnológicos, no se podría entender sin la existencia del CERN, el mayor laboratorio nuclear del mundo, de titularidad pública a través de un consorcio internacional.

En su último informe sobre la situación fiscal mundial, el Fondo Monetario Internacional incorporó un capítulo sobre las políticas fiscales de apoyo a la innovación. Sus conclusiones son notorias: la inversión en I+D pública complementa, y no sustituye, a la inversión privada. El capítulo, presentado hace unos días en la fundación COTEC en Madrid, nos proporciona elementos que deberían servir para hacernos reflexionar: no basta con construir un ecosistema donde los genios visionarios vayan generando sus ideas.

Si queremos avanzar hacia una economía de la innovación, necesitaremos una política pública que promueva una I+D sistemática, abierta y capaz de movilizar los recursos necesarios. Es, efectivamente, menos romántico que la idea de cambiar el mundo desde un taller en el cobertizo, pero sin este esfuerzo sistemático por parte de las administraciones públicas, los trabajos de los visionarios seguramente habrían caído en el suelo estéril de una sociedad y una economía que no están, per se, preparadas para asumir sus innovaciones.

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