Uno de los mayores efectos de la crisis que acabamos de pasar es la tremenda pérdida de confianza en la profesión de economista. No han faltado ensayos, artículos, incluso viñetas en los medios de comunicación acusando a los economistas –como un todo– de no haber predicho la crisis, de posicionarse siempre del lado de los poderosos o de recetar soluciones tan inútiles como dolorosas socialmente. Sí, la economía, como disciplina, ha sido una de las grandes perdedoras de la crisis.

Razones para la erosión de la confianza no han faltado: los errores cometidos en la predicción, diagnóstico y tratamiento de la crisis, particularmente en los primeros años, han sido tantos y de tal tamaño que una parte de la opinión pública les ha vuelto la espalda. De la misma manera, han surgido tantas voces críticas con el desempeño de la disciplina que a veces es difícil separar el ruido de la señal: en casi cualquier tema relevante, siempre encontrará que donde hay tres economistas habrá tres posiciones –cuatro, si uno de ellos es Paul Krugman–, lo cual no contribuye en gran medida a mejorar la confianza en la profesión.

Sin embargo, la economía se precia de considerarse una ciencia y de aplicar rigurosamente el método científico: así, los principales economistas académicos publican en revistas cuyos criterios de selección y publicación pretenden ser similares a los de las principales revistas de la física o la biología. En gran medida, y cada vez más, la economía aplica métodos experimentales que permiten mejorar su conocimiento de la realidad, y pese a los encendidos debates existentes en los medios de comunicación o las redes sociales sobre los efectos de tal o cual medida, la inmensa mayoría de la profesión comparte un gran consenso sobre cómo funciona una economía.

Para defender este punto de vista, los economistas franceses Cahuc y Zylberberg acaban de publicar en castellano su obra El negacionismo económico, en la que reivindican sin complejos el carácter científico de la disciplina y la existencia de un amplísimo consenso en torno a los principios básicos y a la recolección y tratamiento de la evidencia empírica, muchas veces en contra de la intuición. El libro señala, por ejemplo, que no hay evidencias de que la inmigración quite puestos de trabajo a los nativos, que bajo determinadas condiciones, el aumento del salario mínimo incrementa el empleo o el gasto público incrementa el PIB más que proporcionalmente, o que estamos muy lejos de la zona en la que se cumple el principio de que bajando los impuestos se recaude más.

Un mensaje que, como no podía ser de otro modo, no comparten algunos charlatanes que se pasean por las redes sociales o los platós de televisión vaticinando tres de cada dos crisis, o explicando el desempeño de una economía a través de un único factor –por ejemplo, que el Estado o el mercado siempre tiene la culpa de todo, según sea su orientación ideológica–, utilizando titulares simplones o estrafalarios, y negándose a reconocer la evidencia en contra de sus propias opiniones. La economía es una disciplina más plural de lo que a muchos académicos –y a los autores del libro– les gustaría reconocer, pero mucho menos elástica de lo que los charlatanes quieren transmitirnos.

Ahora que la homeopatía se está poniendo en tela de juicio, afortunadamente, quizá haya llegado el momento de señalar a algunos homeópatas que se pasean por el mundo con un título de economía en las manos. Ayudaría mucho que los economistas profesionales se tomaran en serio transmitir a la opinión pública qué es lo que puede hacer o no la economía como disciplina, dónde están sus verdaderos límites y qué puede aportar, desde la humildad y nunca desde la soberbia, para el mejor progreso de las sociedades.

¿Podemos, entonces, fiarnos de ellos? Como contestaría cualquier economista bien informado: depende.