Más Champions y más innovación

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
José Moisés Martín Carretero, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Los españoles estamos particularmente orgullosos de nuestro desempeño deportivo: en los últimos años hemos ganado campeonatos del mundo de los grandes deportes de equipo, Rafa Nadal se pasea exhibiendo su retahíla de títulos de Grand Slam, somos los reyes del motociclismo y nos preciamos de la nacionalidad del que parece ser el mejor piloto de fórmula uno del mundo. Estos triunfos están bien: los éxitos deportivos son un factor fundamental en eso que se ha venido a llamar 'marca España', la imagen de país moderno y avanzado que teóricamente debería tener cierta repercusión en nuestro comercio internacional. De acuerdo con lo declarado en el Congreso sobre el Nuevo Marco Jurídico del Deporte, realizado en el INEF la primera semana de junio, el deporte supone hasta el 2,4% del PIB nacional. Una cifra nada despreciable.

Pero en otros aspectos, estamos muy lejos de la liga de campeones. Se acaba de publicar el informe sobre innovación global de la prestigiosa escuela de negocios INSEAD, en la que España aparece en un discreto puesto, siendo la vigésimo octava economía más innovadora, por detrás de países como Bélgica, Estonia, Malta o China, en un ranking que lideran Suiza y Suecia. Esta posición confirma la ya discreta clasificación que obtenemos en el informe de la Unión Europea, donde España aparece en la parte baja de la tabla, adelantada por Italia, Portugal o Grecia, y, además, alejándose de la media de la Unión Europea.

La razones de este retraso son múltiples: España tiene un muy deficiente sistema de I+D, con empresas muy pequeñas que apenas tienen capacidad para arriesgar en proyectos de innovación. Nuestra infraestructura pública de I+D está muy dañada tras estos años de recortes y ajustes, y no hemos invertido lo suficiente para revertir el efecto negativo de la crisis, más bien al contrario, la recuperación no ha llegado todavía a nuestro sistema de innovación. De acuerdo con el recién presentado informe 2017 de la Fundación COTEC, quizá la primera instancia española en la promoción de la cultura de la innovación, mientras los países europeos han invertido un 25% más en I+D desde el inicio de la crisis, España ha invertido un 10%  menos. La brecha, por lo tanto, se agrava. España destina a la innovación un 1,22% del PIB, esto es, casi exactamente la mitad que al deporte.

En el siglo XXI, la innovación y el conocimiento se configuran como el factor determinante de crecimiento económico y de promoción de bienestar. Sólo aquellas economías que orienten su producción hacia la innovación permanente podrán considerarse dentro de la liga de campeones mundial. España está renunciando a ocupar el puesto que le corresponde, como si la innovación fuera un suplemento que sólo se pueden permitir otros países. España no puede ni debe permitirse este desequilibrio. En un momento en el que la ola de la disrupción tecnológica y la sociedad del conocimiento y la innovación empieza a romper en las costas de nuestras economías, mantenerse pasivo ante esta realidad es sencillamente suicida. Si no reaccionamos con rapidez, nuestro tejido productivo se quedará obsoleto y no podemos competir en bienes y servicios de alto valor añadido, condenando a nuestra población a trabajos mal pagados y poco productivos en empresas que sobreviven con bajos costes.

Podemos seguir presumiendo de nuestros éxitos deportivos o de la enorme calidad de vida de la que se disfruta en España, o de cualquier otra característica que haga que incluso los noruegos envidien a los españoles. Pero a medio plazo, la calidad de vida se asienta en economías robustas y equilibradas. Si España vuelve a una senda de autocomplacencia impulsada por el nuevo crecimiento del ladrillo y el dinero fácil, será que no hemos aprendido nada de lo que nos ha ocurrido, y eso sería una pésima noticia. La peor de todas.

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