Tras unos años de sequía institucional, España vuelve a ocupar uno de los puestos relevantes en el ámbito de las instituciones europeas. Muy lejos quedan los años en los que Javier Solana ocupaba la secretaría general del Consejo, y Barón, Gil Robles o Borrell, la presidencia del Parlamento Europeo. La elección de Luis Guindos como vicepresidente del Banco Central Europeo es una vuelta a un ámbito que se le había resistido a España en los últimos años: el de la toma de decisiones en materia económica, espacio que perdimos desde la salida de Joaquín Almunia de la vicepresidencia de la Comisión. En efecto, España perdió su sitio en el Consejo del BCE con la salida de González Páramo y solo se mantuvo cierta presencia con David Vegara en el Mecanismo Europeo de Estabilidad, por cierto, sin el apoyo entusiasta del gobierno de Rajoy.

Son buenas noticias, sobre todo para Luis Guindos, quien ha pasado de ser uno de los ministros de finanzas más denostados en la Eurozona en 2012, a ser la estrella ascendente en la política monetaria del euro, tras los años del llamado "milagro español". Pero cabe hacer algunas reflexiones al respecto.

En primer lugar, debemos advertir que la llegada de Guindos al Banco Central Europeo puede ser solo la antesala del aterrizaje del alemán Weidmann, presidente del Bundesbank, y conocido halcón monetario. Si el tándem Guindos-Weidmann se consolida en Fráncfort, veremos años de una política monetaria mucho mas disciplinada y rígida, pues Weidmann ha sido un claro antagonista de la visión flexible de Mario Draghi al frente de la institución. Es probable que el Banco Central Europeo, que desde el año 2012 ha formado parte de la solución de la economía de la eurozona, se convierta de nuevo en un parte del problema, restringiendo la liquidez y acelerando la salida del Quantitative Easing. Pese a que se supone que Guindos es una persona que proviene del sur, no se ha caracterizado, quizá porque desde su nombramiento como ministro estaba en campaña hacia Europa, por mantener un pensamiento propio o diferenciado en los grandes debates que se han producido en los últimos años. Así que no esperemos grandes alegrías, más bien al contrario, preparémonos para una política monetaria mucho menos promotora del crecimiento.

En segundo lugar, no debemos olvidar que, pese a su amplia experiencia, Guindos no es un banquero central, sino un ministro de finanzas. Guindos tiene en un haber, además, el desastroso resultado del rescate bancario en España, que costó al contribuyente la friolera de 60.000 millones de euros, después de habernos intentado convencer de que el contribuyente no pagaría ni un euro de ese "préstamo en condiciones favorables". Su paso por el desaparecido Lehman Brothers tampoco suma, y su papel en las emisiones de preferentes de algunas cajas de ahorros que luego tuvo que rescatar es para no olvidar. En definitiva: no ha mostrado una especial pericia para cumplir con las funciones de supervisión propias de los bancos centrales, pues nunca ha estado en uno de ellos.

Por último, quizá le haya llegado el momento de reflexionar sobre la mejor manera de respetar la independencia de los bancos centrales. En 2006, el Partido Popular clamó contra la designación de Miguel Ángel Fernández Ordóñez como gobernador del Banco de España, precisamente por haber ocupado altos cargos en gobiernos socialistas, algo que no parece ser un obstáculo en esta ocasión. Su acoso contra el gobernador alcanzó sus máximas cotas cuando Guindos le culpó directamente de escándalos como la salida a bolsa de Bankia. Quizá ahora, desde la atalaya de Fráncfort, reflexione sobre la responsabilidad que tienen los ministros de finanzas cuando cargan irresponsablemente contra el Banco Central, desprestigiando a las instituciones solo para justificar sus errores. Apuesto a que, lamentablemente para todos, no lo hará.