La Comisión Europea tiene un serio problema: regular en defensa del consumidor a los gigantes de la economía digital, cuyos modelos de negocio apenas entiende y sobre los cuales la aplicación de las normas históricas de regulación de mercado no siempre funcionan bien. El último episodio lo encontramos en el caso de Facebook y Whatsapp. Cuando Facebook compró el servicio de mensajería instantánea Whatsapp, una de las razones por las que la Comisión admitió la operación fue la separación técnica entre los datos de ambos servicios. Pero este verano, Facebook sorprendió permitiendo un trasvase de la información desde la mensajería instantánea al servicio de la red social. Ahora la Comisión se enfrenta a la situación amenazando con imponer a Facebook una multa millonaria por saltarse las condiciones de la absorción.

Amazon tampoco se ha librado del rigor europeo por la integridad de los mercadosNo es el primer caso de colisión entre los intereses de las grandes empresas digitales y las normas de la Unión Europea. Este verano, los servicios de competencia de la Comisión Europea anunciaron investigaciones contra Google por mantener una posición de poder de mercado en relación con los anuncios que vemos cuando entramos en el buscador. Es su tercer caso de prácticas monopolísticas.

Amazon tampoco se ha librado del rigor europeo por la integridad de los mercados: la venta de libros digitales o los acuerdos de ingeniería financiera han ocupado a los funcionarios de Bruselas en los últimos dos años.

Los acuerdos fiscales de Apple con Irlanda también han sido motivo de persecución por parte del regulador, como lo fue, hace años, el proceso pionero contra Microsoft por abuso de mercado.

No debemos permitir que estos gigantes se apropien de la economía digital

Cuenta el dicho que cuando surge una innovación, China estudia como copiarla, Estados Unidos estudia cómo hacer dinero con ella, y Europa cómo regularla. El dicho tiene su parte de razón, si tenemos en cuenta que las reglas europeas para mantener la libre competencia y la protección de los consumidores son teóricamente las más avanzadas del planeta, y las grandes innovaciones que se están produciendo en la economía digital tienen como objetivo ofrecer cuasimonopolios donde el ganador se queda con prácticamente todo: el uso de otros buscadores distintos de Google es prácticamente simbólico, al tiempo que más de nueve de cada diez usuarios de redes sociales utilizan Facebook, treinta puntos por delante de Youtube y casi el doble que Twitter. Sus posiciones de mercado ofrecen un dominio casi total sobre lo que ocurre en el ciberespacio, y si además tenemos en cuenta su vocación de construir ecosistemas cerrados, donde toda la experiencia del usuario se mantenga dentro de la misma empresa (Whatsapp - Messenger - Facebook; Google - Youtube - Hangouts), el riesgo de que se generen situaciones abusivas para el usuario o para los competidores es enorme.

Los amantes de la tecnología argumentan que el exceso de regulación mata la innovación, que es mejor dejar espacio abierto para que las firmas desarrollen todo su potencial. Tienen razón, en parte: un excesivo celo regulatorio puede esconder, argumentando razones de interés general, una protección a sectores tradicionales que no están siendo capaces de competir con los nuevos modelos de negocio. Pero no olvidemos que estamos dejando en manos de un puñado de empresas prácticamente todo el rastro que dejamos cada vez que abrimos un navegador de internet. Es fantástico reclamar mercados libres, pero si hago una búsqueda de productos en Google y los únicos que me salen son los que me ofrece la propia Google, está distorsionando el mercado y merezco una protección. A eso se dedica la Comisión: a establecer un mercado único digital –imprescindible para el escalado de la innovación a nivel europeo–, pero también, y sobre todo, a protegernos de los abusos de los gigantes tecnológicos, que no son angelitos. No deberíamos permitir que estos gigantes se apropien de la economía digital tan fácilmente.