El barril de petróleo no deja de subir, y ya está cerca de los ochenta euros por barril de Brent, unos precios que no se ven desde el año 2014. El impacto sobre nuestra economía puede ser intenso si esta escalada de precios se mantiene: nuestro sector exterior, que suponíamos corregido tras la crisis, puede hacer que nuestra balanza por cuenta corriente vuelva a los números rojos, restando varias décimas a nuestro crecimiento económico.

Un mayor precio del petroleo encarecerá los precios del transporte y dificultará el ritmo de crecimiento del turismo que estábamos esperando para este año. El repunte de precios puede hacer perder poder adquisitivo a unos salarios que siguen sin crecer. En definitiva, un petróleo caro puede desbaratar gran parte del "milagro económico" español de los últimos tres años.

En una economía global como la actual, los riesgos de un shock de este tipo nunca son nulos: el riesgo geopolítico de un revés en Oriente Medio, como la decisión de Trump de salir del acuerdo nuclear de Irán, siempre está presente.

España se enfrenta a este nuevo riesgo sin haber recuperado el aliento de la última crisis, con las cuentas públicas todavía en desajuste y un alto nivel de desempleo y de deuda pública, en un momento en el que las tasas de pobreza no remiten, el endeudamiento de las familias ha vuelto a crecer y los indicadores de la eurozona advierten una ralentización del crecimiento.

Peor aun, tenemos la agenda de reformas de mercado y de modelo productivo apenas sin estrenar. Hemos perdido cuatro años de oro en cuitas sin trascendencia trufadas de cálculos electorales, y una nueva crisis nos pillaría sin los deberes hechos. ¿A qué esperamos para hacerlos?