La ausencia de valencianos en el Consejo de Ministros ha dejado de ser noticia. Desde que Mariano Rajoy accedió a la Presidencia, en 2011, solo el exministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, podía considerarse algo cercano a las inquietudes de la Comunitat Valenciana y en cierta medida interlocutor del PP autonómico con las altas esferas por el mero hecho de tener una residencia en Xàbia y de ser diputado por Alicante.

La catarata de casos de corrupción que llevan asolando al PPCV desde la salida de Francisco Camps del Consell y la gestión de los últimos años en la Generalitat se están revelando como losas demasiado pesadas para levantar el cordón sanitario tras el que Rajoy ha situado al PP regional. No obstante, la tímida recuperación que el partido presidido por Isabel Bonig ha experimentado en las elecciones generales y la voluntad (con más o menos dificultades y aciertos) de regeneración merecían al menos un guiño por parte del presidente del partido y del Gobierno.

El llamado "poder valenciano" siempre fue un mito, tanto con gobiernos del PP como el PSOE. La prueba está en la vía de acceso a la autonomía, en el actual sistema de financiación y en la lacerante falta de inversiones. A poco que la cosa cambie, aunque sea sin ministros valencianos, solo puede ir a mejor.