La historia no puede ser más atractiva, puesto que tiene todos los elementos. Por un lado, la mayor importancia: la manipulación informativa por parte de una oscura consultora habría sido fundamental para algunos de los vuelcos electorales de los últimos tiempos, como la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EE UU o la del brexit en el referéndum británico.

Por otro cuenta con malos detestables, como esa oscura consultora y sus dudosos respaldos, así como Facebook, la red social que todo el mundo adora aborrecer debido a su (aparente) infinito poder. Por si fuera poco tiene recado, ya que alerta de los peligros de las nuevas tecnologías en el ámbito social y permite echar de menos aquellos felices tiempos del pasado en los que la inexistencia de este tipo de herramientas hacía imposible este tipo de manipulación. De esta forma el cuento de Cambridge Analytica, de su abuso (o no) de los datos de Facebook se ha transformado en una fábula de nuestro tiempo.

Lo cual es una de las razones por las que deberíamos desconfiar de que todo sea tan nítido y elegante como se nos vende, aunque no la única: la empresa británica y el grupo del que forma parte hace lo imposible por respaldar esta idea del omnipotente manipulador electoral, muchos medios de comunicación están aprovechando para ajustar cuentas con Facebook y más de una opción política encuentra muy conveniente poder culpar a una mano oculta de sus propios fracasos.

Por lo que cabría preguntarse, ¿es posible hacer lo que Cambridge Analytica dice haber hecho, manipular un resultado electoral por medio de publicidad hipersegmentada? Hay razones para dudarlo, y para dudarlo mucho, al menos por el momento.

La segmentación de la publicidad es algo que ya existe, y que funciona; dentro de ciertos límites. Para alguien que desea anunciarse es sensato enviar su publicidad a aquellos públicos que puedan ser más receptivos a ella y ahorrarse los anuncios que vayan a alcanzar a alguien poco interesado; al seleccionar el medio de comunicación o el canal televisivo o de comunicación en general que se emplea, se está segmentando al público.

Estas técnicas son conocidas y usadas, y se sabe cómo y hasta dónde funcionan, que es hasta cierto punto. Lo que se supone que ha hecho Cambridge Analytica es otro nivel: una segmentación tan personal y precisa y basada en una información tan completa sobre cada persona como para resultar aterradoramente efectiva, una manipulación psicológica tan personalizada como para resultar 100% eficaz.

Y sin embargo no hay pruebas de que semejante cosa sea real. De hecho, en la campaña presidencial estadounidense la compañía británica primero trabajó para otro candidato en lugar de para Trump, sin mucho éxito. Por más que pueda resultar sugestivo imaginar que la colocación personalizada de anuncios fue capaz de torcer la voluntad de un puñado clave de electores, lo cierto es que no hay prueba ninguna de que haya sido realidad. Y hay razones para pensar que no haya sido así.

Vivimos en un mundo hiperinformado en el que la ocultación o manipulación de datos es casi imposible. La gente no toma sus decisiones en función de datos que puedan faltarle, porque en realidad resulta muy difícil no enterarse de lo que de verdad está pasando: la ubicuidad de los medios de información y el permanente bombardeo de noticias llegan a todos los rincones, y hasta quien menos interés muestra por enterarse de lo que pasa acaba por saberlo todo. Nos enteramos de las noticias por los medios o las redes sociales, pero también por comentarios de compañeros de trabajo, vecinos de autobús o gente en el bar; de hecho hoy en día lo realmente complicado no es enterarse de las noticias, sino permanecer ignorante.

En este entorno de información ubicua la manipulación informativa tiene mucho menos poder del que tememos, y el factor más importante pasa a ser no lo que sabemos, sino lo que queremos (o no) creer cada uno: algo mucho más difícil de manipular. Al menos por el momento.