Sabemos que las temperaturas del planeta están aumentando, aunque eso a veces se manifieste localmente en forma de tiempo meteorológico más frío de lo normal. Sabemos que este proceso de calentamiento global va a provocar cambios, no sólo en los patrones del tiempo atmosférico sino en el nivel del mar: algo preocupante si tenemos en cuenta la enorme cantidad de nosotros que vivimos en las costas. Sabemos que el peligro es real, que el proceso se ha iniciado, que hay señales de que va a terminar causándonos problemas. Pero, ¿qué vamos a hacer al respecto? Cabe temer que nada en absoluto, y no porque no nos creamos lo que ya está ocurriendo o porque el proceso no sea real, sino porque somos así. El problema somos nosotros.

En un estudio llevado a cabo en Nepal sobre poblaciones de la comunidad sherpa que viven en los valles del Himalaya se les preguntaba por un problema serio que tienen allí relacionado con el cambio climático: los llamados GLOF (glacial lake outburst flood, inundación explosiva de lago glaciar), un tipo de catástrofe que ocurre cuando un lago glacial demasiado lleno de agua por el deshielo de los glaciares debido al calentamiento global rompe con el muro de morrena que contiene el agua provocando una repentina y letal inundación. En el Himalaya, con sus enormes pendientes y ricos glaciares, el problema es muy serio y el riesgo para las comunidades aguas abajo real y mortífero. Casi la mitad de los habitantes de las zonas implicadas son conscientes del problema y temen que les pueda pasar a ellos. Aunque cuando se les pregunta qué piensan hacer casi todos responden lo mismo: nada. Nada de nada.

Este fatalismo no se debe a motivos religiosos ni a pereza mental. La respuesta razonable ante un riesgo de este tipo es mudarse a otro lugar, instalarse en una zona donde la topografía proteja a sus habitantes de posibles catástrofes. Pero eso es precisamente lo que los sherpas no quieren hacer: en sus actuales pueblos tienen sus campos, su ganado, sus casas, su vida. Cosas tangibles y reales que cuesta mucho abandonar. ¿Y abandonar por qué? Por una amenaza que intelectualmente saben que es real, pero que no puede verse ni percibirse directamente: una amenaza teórica que no llega a agarrarnos de las tripas. Puestos en la balanza el riesgo teórico por un lado y el destrozo vital real de la emigración por el otro, gana la estabilidad. No nos movemos. Y al quedarnos, somos vulnerables.

Lo inquietante de la situación es que cabe temer que cuando nos pasen cosas similares en otros lugares la respuesta sea la misma. Cuando las ciudades costeras empiecen a inundarse con cada vez mayor frecuencia, cuando las islas se vean anegadas constantemente, cuando los cambios en el clima local fuercen a mover cultivos y plantas de procesamiento o hagan imposible vivir en según qué zonas, la respuesta puede ser la misma: no hacer nada. Somos pésimos evaluando los riesgos teóricos que no podemos ver, y ante la duda tendemos a quedarnos donde estamos: justo la decisión que nos hace vulnerables.

Vamos a tener que aprender a reaccionar a los riesgos que no podemos percibir directamente, y vamos a tener que hacerlo ya. La alternativa es que al final sean las catástrofes las que nos impulsen a actuar, sólo cuando ya hayamos perdido mucho en dinero y vidas. Tenemos que tomar precauciones y aprender a actuar antes de que se produzca lo peor, y hacerlo prescindiendo de cuestiones culturales o religiosas que puedan suponer un obstáculo para la acción. Porque la alternativa es demasiado espantosa como para considerarla seriamente. El principal problema no es el cambio climático, sino nuestra incapacidad para enfrentarlo antes de que nos haga daño. Evitémoslo.