Depredados sexualmente niños cantores. Me pregunto qué tipo de incongruente emoción nacía de vuestras cuerdas vocales durante el Mesías de Handel o el Oratorio Navideño de Bach, esa música de espiritualidad elevada y matices casi líquidos que llevasteis por el mundo durante más de mil años, sabiendo que en la casa-sede, la sagrada catedral católica de San Pedro, en Ratisbona, en la Baviera alemana, seguían esperando los abusos físicos y sexuales.

El informe que acaban de presentar, tras un encargo de la Iglesia, sobre vuestro infierno ‘litúrgico’, detalla violaciones, golpes y otros castigos entre 1945 y 1990. ¿Será posible acariciar el paraíso con la voz tras la relación de delitos, admitidos, después de un tenso tira y afloja, por las cúpulas eclesiásticas de la muy católica Baviera: 500 casos de maltratos físicos y 67 de violaciones? ¿Hay culpables? Penalmente, nadie. Todos los criminales evitarán la cárcel porque los delitos han prescrito según las leyes de los hombres –alguno de vosotros, seguramente todavía creyentes, debería preguntarse si el Dios de los católicos tiene tanta capacidad de perdón como los códigos penales–. Habrá, como suele ser discutible norma, acuerdos civiles y compensaciones económicas con dinero, papel que financia toda perfidia, intentando ocultar, acallar, omitir, esconder...

La investigación describe el ambiente del colegio y el coro, que forman una sola institución de funcionamiento y gestión sincrónicos, como "una prisión, un infierno, un campo de concentración". No es una mala broma que aparezca señalado como gran depredador sexual de los niños cantores –estamos en Alemania, territorio de monstruos de gallardo porte y macizo moralismo– Johan Meier, soldado de la Wehrmacht nazi de 1942 a 1945, ordenado sacerdote en 1951 y con responsabilidad en el coro desde 1953 hasta 1992. No se declara probado que los abusos fuesen conocidos por Georg Ratzinger, hermano mayor del Papa Benedicto XVI y director del coro de 1964 a 1994, pero se le considera parte activa de la ‘cultura de silencio’ que regía en la institución y él mismo ha admitido que propinaba bofetadas. ¿Tiene sentido que los Gorriones de Rabisbona, nombre popular del coro por la pureza inocente de su tono, sigan adelante? Quizá debemos ser los oyentes quienes cambiemos la lectura y entendemos todo lo que canten desde ahora los Gorriones como música ‘blanca’ pero de protesta.

Un abrazo coral.

Jose Ángel González