El escritor hispano-peruano Jorge Eduardo Benavides acaba de publicar una novela histórica titulada El collar de los Balbases (La Huerta Grande, 2018). El arranque de esa narración lo toma el escritor de un artículo publicado en ABC el 8 de diciembre de 1956 en el cual se contaba que, en cierta ocasión, la reina doña Cristina de Austria, segunda mujer de Alfonso XII, quedó prendada de un collar, el que lucía la esposa del mayordomo real de palacio y gran personaje de finales del siglo XIX, Pepe Alcañices, duque de Sesto y marqués de los Balbases, título este último por el cual le correspondió heredar dicha joya, motivo de deseo de la reina.

Gran amigo y casi un padre para el rey, Alcañices accedió a hacer una copia del collar familiar para satisfacer el capricho de doña María Cristina. Estando ya la reina embarazada, Alfonso XII cayó enfermo de la tisis que arrastró durante años y no se levantó ya del lecho. Pepe Alcañices cumplió con lo prometido y le entregó el magnífico collar a la reina ya viuda.

Muchos años después el cronista catalán Vila - San Juan contó que paseando él con Alfonso XIII por París, el rey, recientemente exiliado, se paró en seco ante el escaparate de una joyería en la plaza Vendôme, donde reconoció aquel collar. Le dijo al periodista que la joya era de su madre y que ella no se la puso jamás.

José Osorio y Silva era conocido en Madrid por el castizo 'Pepe Alcañices'. Era varias veces grande de España, marqués de Alcañices y de los Balbases y duque de Sesto, de Alburquerque, de Algete, de Fuensalida, de Grajal... y así hasta 15 títulos nobiliarios.

Alcañices se dejó la piel y el dinero para traer de vuelta, como rey, al hijo de Isabel II (exiliada en Francia), de quien fue amigo, político y nocturno, pues Alcañices y Alfonso XII tenían la buena costumbre de salir de noche por los Madriles más populares y se lo pasaban en grande.

El 16 de octubre de 1857 Leopoldo O'Donnell nombró a Alcañices alcalde de Madrid, cargo en el que estuvo hasta 1864. Se propuso, entre otros buenos proyectos (creó, por ejemplo, 10 casas de socorro e hizo el primer inventario de bienes históricos), limpiar Madrid, para lo cual sacó un bando anunciando una multa de 20 pesetas (un dineral entonces) para quienes hicieran sus necesidades en la calle. Por lo cual algún plumilla escribió:

Cuatro duros por mear.
Caramba, qué caro es esto.
¿Cuánto cobra por cagar
el señor duque de Sesto?

José Osorio conoció en 1868 cerca de París a una guapa viuda rusa que era, además, princesa. Se llamaba Sofía Trobetzkoy (se dijo que era hija adulterina del zar Nicolás I) y se casó con ella en Vitoria el 21 de marzo de 1869. Antes y después de la boda, Alcañices demostró ser un donjuán con gran atractivo para las damas; entre sus amantes destacaron Francisca y Eugenia de Montijo. La primera se casó después con el duque de Alba y la segunda con Napoleón III. A ese propósito, en Los pasos contados, Corpus Barga pone en boca de su padre (Félix García de la Barga, un conocido político liberal) la siguiente escena:

Alcañices y Montijo están, después de retozar un buen rato, juntos en el lecho, y ella le dice:

–Pepe, el emperador de los franceses me ha propuesto matrimonio, pero si tú te casas conmigo le digo a él que no.

A lo cual Alcañices contestó:

–No le digas que no, Eugenia, que yo siempre he querido verte en un trono.