La primera bomba atómica no fue la de Hiroshima sino otra, lanzada sobre el desierto de Nuevo México. Años después de la explosión un grupo de científicos (botánicos, biólogos, geólogos...) llegaron allí para comprobar lo que había pasado. No encontraron ningún rastro de vida: árboles abrasados, vegetación menor desaparecida, mamíferos carbonizados, aves inencontrables... con una excepción: los insectos. Los insectos estaban allí. Habían sobrevivido a la catástrofe.

Se ha dicho y repetido que ellos serán los herederos de la tierra. Su capacidad de resistencia, tenacidad ante la adversidad, desprecio por la muerte propia en beneficio de la supervivencia de la especie así lo auguran. Aunque ninguno de nosotros tendrá ocasión de comprobarlo, quizá cuando todo acabe y suponiendo que el mundo de los humanos no desaparezca antes por su propia mano o por mano ajena, en aquella oscura y fría soledad seguirán viviendo las hormigas.

Conozco a mucha gente que siente una atracción por los insectos. Por las laboriosas abejas, por las torpes avispas, por esas enigmáticas tejedoras que son las arañas, por las moscas, los grillos, las cigarras o los alacranes, por las destructoras termitas, por no hablar de la variedad infinita de las mariposas. Para ellos, el de los insectos, es un ancho mundo plagado de interés y de misterio. Mas he de confesar que para mí, que me veo negado para tan altas miras, estos invertebrados representan, antes de cualquier otra cosa, la incomodidad.

La terquedad de la mosca común, el picotazo del mosquito al caer la tarde, la inquieta pulga que nos deja sin pegar ojo en toda la noche, el ataque del tábano o la invasión de las voraces hormigas rojas por debajo de los calzoncillos en mi infancia rural y ganadera deben de estar detrás del desprecio que siento por esos bichos. La inutilidad que percibo en su existencia es, seguramente, el resultado de cuanta molestia me han procurado de niño y, luego, de mayor, en los viajes, algunos tropicales y, por tanto, plagados de repelentes insectos voladores o reptantes, transmisores, además, de enfermedades detestables. Y todo eso sin recordar las chaquetas de lana que se me han zampado las polillas. Los odio, y si por mí fuera desaparecerían de la faz de la tierra para mayor tranquilidad de los mamíferos.

Si de los insectos pasamos a los vertebrados y de estos a los bípedos implumes, es decir, al mal llamado Homo sapiens sapiens, nos encontramos con frecuencia ante la inutilidad de ciertas existencias o, si se quiere, más moderadamente, con actitudes, acciones o comportamientos que muestran meridianamente esa inutilidad. Inutilidad que lleva el nombre más preciso de ‘maldad’.

Entre las maldades, cuya esencia consiste siempre en hacer daño al prójimo, existe una categoría especialmente detestable: la maldad gratuita. Es decir, aquella que no le produce a quien la comete ningún bien, excepto, claro está, el placer de contemplar el daño causado. Tales actitudes merecen el nombre de estúpidas y ello no es de extrañar pues la maldad y la estupidez son consanguíneas, incluso se comportan a menudo como hermanas gemelas.

Si un carterista (arte en trance de desaparecer sustituido por el tosco individuo que, exhibiendo su poderío, coloca una navaja o un revólver sobre un cuello ajeno) te saca del bolsillo cien euros, estamos ante una maldad que se explica por el beneficio obtenido. Un beneficio que coincide, exacta y cuantitativamente, con el daño causado. Mas si ese mismo delincuente al sustraerte la cartera se encuentra en ella con tu carnet de conducir, el de identidad... y pudiéndolos devolver los arroja a la primera alcantarilla, está produciendo un daño añadido sin obtener de él ningún beneficio. Pura maldad.