En una bibliografía no exhaustiva publicada en París a finales del siglo XIX por Foulché-Delbosc se recogían 858 testimonios sobre España escritos por viajeros que la habían visitado. Pero lo llamativo no es tanto el número, sino la persistencia de un punto de vista peculiar que podría denominarse "punto de vista del viajero".

Pondré algunos ejemplos de esos tópicos, comenzando por Hans Magnus Enzensberger, con ocho o diez obras en castellano: "Los madrileños están orgullosos de la incomodidad de la metrópoli, de sus prisas, de su ruido […] El gesto triunfalista es tan viejo como la ciudad".

Aparte las evidentes exageraciones o las simples falsedades en que incurre Enzensberger, cualquier lector de sus crónicas se encuentra ante una visión nada original. En efecto, Richard Ford, "viajero" inglés, recogió acerca del Madrid de 1845 cosas sorprendentemente similares: "Madrid es residencia desagradable y malsana. El calor y el resol son africanos; a lo que hay que añadir los vientos siberianos... foco de tuberculosis y de pulmonía […] Y, sin embargo —dice Ford—, los indígenas no hacen sino contar las glorias de la ciudad. Como los débiles mentales se muestran orgullosos de los errores de que más avergonzados debieran sentirse".

Sin entrar a rebatir los disparates que sobre clima y mortalidad cometió Ford, es llamativa la reiteración de los "viajeros" en torno a la descripción de un cúmulo de males, contrapunto de algo que choca sobremanera: la visión optimista de los madrileños del entorno en que viven.

Otro viajero británico del siglo XVIII, Clarke, puso la puntilla: "El carácter de las gentes es, por naturaleza, contrario al trabajo. Désele a un español su capa, sombrero y espada, su pan y su vino y no se preocupará lo más mínimo por el trabajo".

No seguiré con la ristra de sandeces escritas sobre Madrid, pero recogeré una excepción: la de George Borrow, 'Don Jorgito el inglés', que vino a España a vender biblias: "He visitado gran número de las principales capitales del mundo; pero, en conjunto, ninguna me interesó tanto como esta ciudad de Madrid […] aquí, en Madrid, encerrado en un muro de apenas una legua, hay doscientos mil seres humanos que verdaderamente forman la más extraordinaria masa viviente que pueda hallarse en todo el mundo".

No sólo han sido los extranjeros los que han caído en los más despectivos tópicos sobre Madrid. Veamos, por ejemplo, lo que se lee en la madrileñísima novela Tiempo de silencio que escribió el giputxi Luis Martín Santos: "Tan caprichosamente edificada en un desierto, tan lejana de un mar o de un río, tan ingenuamente contenta de sí misma al modo de las mozas quinceañeras, tan poblada de un pueblo achulapado, tan heroica en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué…".

Y mucho, mucho antes, un escritor tan ponderado como Baltasar Gracián había escrito acerca de Madrid: "Yo veo una Babilonia de confusiones, una Lutecia de inmundicias, una Roma de mutaciones, una Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencia y un Argel de cautiverios".

Pero ustedes, amables lectores, no hagan caso, pues ya se sabe que "de Madrid, al cielo".