La noche de las elecciones generales, Pedro Sánchez compareció ante sus militantes para trasladar que, visto el resultado, dejaba atrás su constreñido pacto de la moción de censura con Podemos y ERC y lo abría a otros partidos. Apuntó a Ciudadanos. E incluso llegó a pedir la abstención del PP: "No haremos cordones sanitarios, nuestra única condición será el respeto a la Constitución", dijo.

En ese momento, ante el buen resultado de su partido y la magia de los números, podía abrirse a múltiples posibilidades para su investidura. Podía desdeñar a ERC a cambio de apoyarse en Coalición Canaria y regionalistas como UPN. Podía ignorar a Iglesias y mirar a Rivera. Incluso podía jugar con la idea de no depender del PNV. El 28-A, el conjunto de partidos con los que podía jugar para gobernar era prácticamente todo el arco parlamentario. Apenas han pasado seis semanas desde esa noche, pero ese círculo de posibles pactos ha empezado a limitarse.

En la constitución de los ayuntamientos han entrado ya en juego otras alianzas. Siguiendo con la teoría de los conjuntos, ha habido partidos que se han aliado entre ellos y han formado su propio conjunto, incompatible con el que quiera formar Sánchez. Cs –con su pacto con el PP y la aceptación de votos de Voxya no tiene intención (ni posibilidad) de girar de nuevo hacia la izquierda y apoyar a Sánchez. Digamos que ha quedado fuera de su círculo. Igual que el PP y el deseo socialista de su abstención. Los pactos del PSOE en Canarias (quedándose entre otras alcaldías, la de Tenerife) han dejado también fuera del posible pacto a CC.

Y si las municipales han limitado los posibles socios para la investidura, en las autonómicas el círculo se hará aún menor. Según cómo juegue el PSOE en Navarra, puede perder el apoyo de UPN en el Congreso. Al final, la lógica matemática y su teoría de los conjuntos dicen que Sánchez volverá a apoyarse en Podemos, el PNV y ERC. Pero la política es mucho menos lógica que la matemática.