Alfredo Pérez Rubalcaba entró en política cuando todavía era uno de los mejores velocistas de España. Era capaz de correr los 100 metros en menos de 11 segundos. Lo suyo era al principio el esprint, pero la historia ha demostrado que también era un corredor de fondo.

Porque Rubalcaba es uno de los escasos socialistas que formó parte del primer gobierno de Felipe González y también del último de Rodríguez Zapatero.

En un gesto que entonces no todos le reconocieron, cuando podía irse en las mejores condiciones posibles, Rubalcaba aceptó tras la crisis de 2011 liderar el PSOE y la oposición a un recién llegado Mariano Rajoy.

Ya entonces barruntaba dejar la política. Sabía que al PSOE le tocaban varios años de travesía, pero la responsabilidad le llevó a no retirarse hasta que su partido –y también España– llegasen a una situación más estable.

Ocurrió en 2014. Entonces, Alfredo Pérez Rubalcaba hizo algo que sorprendió a muchos (aunque solo a los que no le conocían de verdad): se retiró discretamente a su plaza de profesor universitario, rechazando puestos muy lucrativos.

Desde entonces, Rubalcaba ha sido un espectador de excepción del transcurrir. Muy preocupado por Cataluña, ha estado estos años en un muy discreto segundo plano, pero en ningún momento ha dejado de ser un político de Estado.