Estimados señores que cortan el bacalao en la televisión: Les contaré algo. El domingo, viendo la tele, pensé en los muchos usos que se le pueden dar a la voz humana. En La 1 echaban OT. El Reencuentro, en el que se cantaba a la nostalgia, a las primeras veces y al recuerdo. En La Sexta se gritaba para pedir auxilio, para denunciar un drama, para no morir ahogado en Astral. Y en Telecinco… se gritaba, a secas, en Gran Hermano: El Debate. Conste que no me desagrada Gran Hermano (calculo 10 ‘haters’ por cada una de las últimas siete palabras), pero la coincidencia de esos tres formatos puso en evidencia que hay más formas de llegar a audiencias masivas. No vamos a negar esa naturaleza por la que una bronca o un romance ñoño nos atrae como políticos a una comisión. Y no está del todo mal.


La televisión puede servir simplemente para desconectar o para echar el rato con los amigos comentando después ésta o aquella intrascendencia. Pero un gran poder conlleva una gran responsabilidad (gracias tío Ben), y si tienes el poder de la pequeña pantalla no está de más usarlo para que la voz humana sea algo más que un sonido estridente. En el caso de Astral, de Jordi Évole, era una voz desgarrada y cruda del que sabe que su grito se convertirá en burbujas en algún lugar del Mediterráneo. Astral no pedía el rescate de quienes huyen de la guerra, pedía nuestro propio rescate, el de nuestra conciencia, que se hunde en algún lugar de la indiferencia. Gerifaltes de la tele: dennos más voz. A gritos, o en susurros, pero humana. Y útil.

Un atento espectador, Isra Álvarez.