Hace tiempo escribí una columna que a un gran amigo mío, Darío, le gustó mucho. Incluso la imprimió y me dice que aún la tiene a mano para releerla y no olvidarse de lo que allí pone.

La escribí hará dos o tres años, y en ella hago una reflexión de las cosas que uno aprende con la edad y que hacen que se vean las cosas de otra manera, y sobre todo, que te hacen vivir de otra manera. Darío la leyó cuando se publicó, y me dijo que asentía en cada párrafo, y yo pensé: "Claro, es que él sabe de lo que estoy hablando, porque es de mi quinta".

Pues verás Darío, estos últimos años han dado para mucho, y resulta que [qué te voy a decir que tú no sepas ya...], se aprende mucho más cada año, pasados los 40, que en todos los años de recorrido hasta llegar aquí.

Quizás ya no tenemos la cabeza como hace años para estudiar, nos cuesta mucho más memorizar, y es complicado retener datos, pero a esta edad, amigo, a esta edad se aprende cada día de la vida, de vivir, de ser feliz, y qué narices, ¿qué hay más importante ya que eso?

Así que, tengo que dejarte una nueva reflexión, porque en este tiempo, he aprendido algo que ha cambiado el sentido de muchas cosas:

–He encontrado el secreto de la felicidad: y no es otro, que la tranquilidad. La interior, la importante, la que controlas tú.

–No hagas mal a nadie nunca. No hables mal de nadie, no critiques, no insultes, no difames, no juzgues... Que nadie se sienta mal por nada de lo que tú digas o hagas.

–Vivir así te permite estar tranquilo y a gusto contigo mismo, y cuando uno se levanta así cada mañana, desayuna en paz, es productivo en su trabajo, disfruta de su familia, se encuentra rodeado de buenos amigos, planea, es creativo, se ilusiona, sueña... y duerme tranquilo por las noches.

–Y hay algo más: tan importante como no hacer mal a los demás es alejarse de quien lo haga. Huye de dimes y diretes, no escuches a quien tenga malas palabras para otros y no creas nada que no vean tus ojos. Aplica siempre aquello de "lo que Pedro dice de Juan, dice más de Pedro que de Juan".

Hace tiempo, en mi ingenuidad, que también se va perdiendo con los años, bauticé a estas personas como "los tristes", justificándolos quizás con algún motivo de infelicidad en sus vidas. Pero ya no. Los rebautizo como "los podres", personas malas, podridas, sin nada que aprovechar de lo que llevan dentro. Alejémonos, dejemos que caminen por el otro lado de la acera.

Nosotros, tenemos nueva máxima: "El secreto de la felicidad está en la tranquilidad de saber que no haces mal a nadie". Yo sé, Darío, que lo has leído asintiendo de nuevo y ¿sabes qué?, no es porque seas de mi quinta, es porque tú también eres de este otro lado.