El otro día di una charla en un máster para emprendedores. Me invitaron a compartir una tarde con los alumnos que están a punto de embarcarse en este temido y a la vez emocionante mundo. No era la primera vez que lo hacía, ya había dado ponencias en este tipo de foros y lo hice siempre en salas llenas hasta la bandera.

Esta vez, el lugar era una de las aulas donde se impartían las clases del máster, y como en los otros casos, me lo encontré repleto. El perfil de los asistentes, el mismo: hombres y mujeres de diferentes edades con algo en común, muchas ganas de hacer cosas y necesidad de que les cuenten cómo.

Me presentaron invitándome a contar mi historia, y allí me puse a hablar y continué durante 40 minutos. Me escuchaban sin pestañear. Comencé contando cómo dejé mi sueño de ser, primero profesora y después publicista, ante el miedo inculcado de acabar engrosando la lista del paro en el primer caso y de tener que dejar mi ciudad en el segundo, y como, sin vocación ninguna, terminé estudiando ingeniería técnica informática.

Pero como la cabra tira la monte, al acabar, preparé las oposiciones al cuerpo de profesores de Secundaria para dedicarme finalmente a la docencia. Un par de años como profesora me sirvieron para comprobar que la realidad difería mucho de mi idealización de acabar siendo el señor Keating en El Club de los Poetas Muertos.

En aquella reflexión estaba cuando decidí subir a internet un vídeo de cómo hacerse un moño con unos calcetines, y descubrí, así sin querer, mi verdadera vocación: la comunicación. Comenzó entonces un nuevo camino en mi vida: el apasionante mundo de la empresa para el que nadie me había preparado y que he tenido que ir descubriendo yo sola.

En estos diez años he aprendido mi trabajo a base de estudiar, preguntar, probar, equivocarme y volver a empezar mil veces, y poco a poco he ido sabiendo lo que hago. Y de esto, de mi experiencia, es de lo que quieren que les hable las personas que se sientan ahí para escucharme. Personas preparadas, con carreras universitarias, un montón de cursos, idiomas, másters y remásters a sus espaldas, pero que siguen necesitando que alguien les enseñe por dónde tirar. Y eso da mucho que pensar.

Nos están enseñando mal. En un mundo globalizado con internet como ventana, donde las oportunidades de negocio están al alcance de nuestras manos, no nos enseñan a emprender. Terminamos los estudios sin saber hacer facturas, mirar contratos o capitalizar el paro.

Y ya para qué vamos a hablar de que no nos impartan conocimientos de algo tan necesario como educación vial, nutrición, educación sexual o economía. Eso sí, que nos pregunten los afluentes del Ebro, que los enumeramos de memoria por la derecha y por la izquierda.