Al señor Hermida la muerte le vino a buscar tres veces. La primera fue cuando era niño y no se enteró hasta tiempo después. Era 4 de julio de 1972 y estaba jugando con su camión nuevo, su pertenencia más valiosa. Se lo había traído el tío de México, que cuando venía de visita siempre le traía algo. La última vez había sido un clip para atrapar billetes. Le dijo: "Ahora está vacío. Algún día mantendrá unos pocos billetes. En esa época has de tener cuidado y tendrás que vigilarlo cada día. Si lo haces, pronto irá conteniendo más, y llegará el momento en que ya no tengas que estar pendiente, porque se sostrendrán unos a otros". Ramón no entendió sus palabras en aquel momento, pero no lo olvidó nunca, y más adelante, un lunes, supo lo que querían decir.

Había observado que las puertas de su nuevo camión se abrían, pero no conseguía meter su dedito entre las diminutas ventanas para tirar de ellas. Pensó que el cuchillo con el que su madre pelaba manzanas cabría en la ranura, fue a por él y trató de meterlo empujando fuerte. Entonces la vio pasar. Fue como si los pies se le hundieran entre las baldosas, como si el suelo se lo tragara un poco, pero no ocurrió más. Ramón consiguió abrir las puertas y se fue al jardín con el camión nuevo.

La segunda fue a los 23 años y le pilló desprevenido. El 7 de septiembre de 1989 salió de fiesta con los amigos. Estaban advertidos de que no debían salir del pueblo, pero aquella noche la discoteca les pareció un rollo y, animados por las tres copas que llevaban, se fueron a la de al lado. Fue una noche como pocas de las que guarda en sus recuerdos: rieron, bebieron, estuvieron a su rollo toda la noche y al final se lio con una tía que le supo a vainilla y de la que nunca más volvió a saber, pero que hizo que pensara en ella el resto de su vida cada vez que comía un helado.

A las 8.34 horas montaron en el coche con las ventanillas bajadas, la música a todo lo que daba y los ojos medio cerrados, medio en blanco. Esa noche perdió a tres de sus mejores amigos, y esta vez, la tierra se lo tragó hasta la cintura y, mientras lo hacía, se trasladó a la cocina, al camión nuevo y a aquel cuchillo. Recuerda que pensó que tenía que volver porque no había cumplido con las palabras de su tío.

La tercera fue ayer. Esta vez, la estaba esperando. Trabajaba con su portátil al lado de la ventana, su sitio preferido, por la luz. Lo hacía a destajo, y aunque las horas a echar eran muchas, disfrutaba con la tranquilidad de llevar haciéndolo bien durante muchos años. La vio pasar, ni siquiera se detuvo, pero le hizo un gesto que el señor Hermida entendió como una reverencia.