Aquel sábado por la mañana había leído que "crecer es aprender a despedirse" y le había parecido una patochada. Como todos esos mensajes de "tú puedes" que inundan la red los lunes por la mañana, o cualquier día por la mañana, y que alguien escribe en uno de esos días buenos en los que te levantas eufórico y te comes el mundo, y compartes esa frase en un alarde de buen rollo y optimismo para decir a tus amigos que estás bien y hacer que vean el vaso medio lleno en todas esas cosas que ellos estén pasando.

Pero no todos los días son buenos, y a veces son ellos los que los escriben, y tú estás delante del ordenador con el primer café de la mañana en una mano, un plato lleno de piña hasta arriba, y la cabeza, más aún, de tus problemas. Entonces no suena igual. Esos días suena a patochada.

Sin duda, en los últimos años había crecido. Ya no era tan dramática, ni tan intensa, ni tan todo o nada. Ni, lamentablemente, tan entusiasta, ni tan soñadora, ni tan irremediablemente tonta, ni tan inocentemente feliz. Ya no creía en príncipes azules ni en películas de Hollywood, ni en buenos y malos, ni en el de todo se sale y, mucho menos, en el quien quiere puede.

Tampoco era tan inconsciente ni tan insultantemente joven. Perdió a tres abuelos, a dos amigos y a un hermano y nunca supo cómo aprendía una a despedirse de ellos. Cada pérdida dolió más que la anterior, y en absoluto estaba preparada para asumir la siguiente. La muerte le desgarró por dentro, y cuando lo hizo, no aprendió nada.

Se había despedido de una amiga que fue todo durante muchos años. Los mejores años. Se despidió de los cafés y las charlas, de las clases de aeróbic y del cigarro de después con los pulmones abiertos, de las largas caminatas por una senda desconocida hasta perderse y que les diluviara encima y tuvieran que llamar a un taxi que las recogiera cuando ya les dolían las piernas. Se despidió de las noches de borrachera en el Honkon jugando al duro y de los bailes posteriores en el Museum, y de hacerse las encontradizas con aquellos chicos en el Donde queráis.

Pero sobre todo se despidió de sus consejos, de sus largas conversaciones, de reír juntas a carcajadas y de llorar en aquellos brazos que la querían incondicionalmente. Su amiga no se murió, pero aquellos días sí lo hicieron, y fue igual de triste la despedida.

Se despidió de cinco amores en una vida, y del amor de su vida en un fin de semana. No fue el primero ni el último, pero se despidió queriendo con las entrañas, y fue como morirse él y morirse ella.

Así que pensó que aquella frase era una patochada y escribió debajo: "Crecer y despedirse no puede hacerse a la vez. Crecer es aprender a querer, y despedirse es aprender a dejar de hacerlo".