Estoy despierto. Lo sé porque soy consciente de que mi cuerpo está sobre el colchón. He debido despertarme ahora pero aún no he abierto los ojos. Por un instante creo que me levantaré y ella estará en la cocina exprimiendo naranjas, rallando tomate y tostando pan mientras canturrea la letra de algún cantautor de esos que tanto le gustan. Tardo exactamente siete segundos en darme cuenta de que no es así, que hace meses que se fue y que yo aún hay días en los que sueño con ella.

No es así, hace meses que se fue y yo aún hay días en los que sueño con ella


El sol entra por las rendijas de la persiana dibujando haces de luz plagados de polvo. Tengo que levantarme. Las sábanas aún huelen a ella... Tonterías, habrán pasado por quince lavados ya, huelen a suavizante. Pero qué coño, el suavizante huele a ella.


Otro día. Ducha, música, desayuno, trabajo, comida, más trabajo, deporte, amigos, cervezas y conversaciones a las que asisto con esta sonrisa que me he pintado para que no me pregunten. No les hablé de ella mientras estuvimos juntos y no voy a hacerlo ahora. Sé lo que dirán, que necesito a una mujer en mi vida. Pero no necesito a una mujer, la necesito a ella.


Salgo de mis pensamientos, vuelvo a la conversación y sonrío, aunque hace rato que no sé de lo que estamos hablando.


Hay días en los que me siento especialmente solo, entro al whatsapp y deslizo el dedo por mis contactos, buscándola. Entro en nuestra última conversación y releo los últimos mensajes. Miro la fecha y hago un cálculo mental para saber hace cuánto ocurrieron. Luego miro durante un rato su foto de perfil, está preciosa. A veces entra y durante unos segundos permanece en línea. Y miro fijamente esas palabras debajo de su nombre, como si la estuviera mirando a los ojos y la retara a que me escribiera. Pero nunca lo hace. Sale, despertándome de mis pensamientos y salgo también, y vuelvo a mis cosas. Y me hago creer que todo permanece inmutable en su vida desde que no nos vemos, su trabajo, su deporte, sus amigos, sus canciones, su ropa, su pelo, su perfume...

Le diría que los días son de cuarenta horas desde que se fue. Cuarenta terribles horas...


La llamaría... La llamaría para decirle todas las cosas que me callé. Le diría que tiene la sonrisa más bonita del mundo y que era un regalo del cielo que eso fuera lo primero que viera por la mañana al despertarme. Que me encantaba cocinar con ella y que me divertía la cantidad de sushi que podía comer. Que echo de menos sus manos paseando de puntillas por mis brazos mientras vemos una peli en el sofá, acercando mi cara a la suya para besarme o agarrándose fuerte a mi espalda cuando hacíamos el amor. Le diría que no sé vivir sin escuchar su risa y que los días son de cuarenta horas desde que se fue. Cuarenta terribles horas...

Entro al whatsapp y la busco. Ha cambiado su foto de perfil, está radiante y yo no sé por qué brilla de esa forma. Siento un pinchazo en el estómago como si, ahora sí, la hubiera perdido.