Salí a correr por primera vez hace 14 años, cuando aún se corría no se runneaba, y los que lo hacían no parecían tener en su mano la llave de la felicidad.

Había cogido unos kilos y decidí empezar a correr para librarme de ellos. ¡En qué momento! Me puse las zapatillas, supongo que las de aeróbic, porque era las que tenía y porque de aquella nadie te explicaba si eras pronadora o supinadora, y salí. Corrí como las locas lo que duró aquella aventura, una vuelta a la manzana exactamente. Volví con un dolor de cabeza que me tuvo en la cama toda la tarde, ¡jaja! Y ahí terminó mi experiencia.

Tenía un problema rondándome desde hacía días. En la calle llovía...  Hubo un segundo intento patrocinado por los buenos propósitos de septiembre. Volvimos a pensar que debíamos perder unos kilillos. Hablo en plural porque esta vez me busqué un aliado por ver si resultaba aquello de que las cosas en compañía se disfrutan más.

Al parecer, era aconsejable seguir una de esas tablas que alternan caminatas y carreras aumentando progresivamente el tiempo que corres en detrimento del que caminas. Zapatillas, seguía con las de aeróbic. Aguantamos un par de semanas.

Tras semejantes experiencias, nunca más me dio por correr, hasta que llegó la moda del running. Mis amigos relataban algo que no había oído hasta ahora. Hablaban de sentimientos, libertad, superación, satisfacción... Ninguno corría para recuperar la figura. Planeaban las carreras y les brillaban los ojos, y los lesionados se lamentaban y sólo pensaban en volver a calzarse las zapatillas. Se había instaurado la fiebre del running, la nueva moda, como decían algunos incrédulos.

Desenredé el problema y encontré soluciones. Volví a casa llena de barro y de felicidad

Empecé a pensar que me estaba perdiendo algo importante. Cuando algo enganchaba a tanta gente, debía esconder algún motivo y yo tenía que descubrir qué era eso que sentían los ahora llamados runners.

Me compré unas zapatillas bien caras para tener la motivación extra del esfuerzo económico hecho y un día me las puse y salí. Llevaba en la cabeza la tabla que debía hacer y lo hice. Y volví a casa feliz.

En unos días la tabla empezó a parecerme poco y fui saltándomela, dedicando deliberadamente más minutos a correr y menos a caminar.

Sé el día en que el running me enganchó. Tenía un problema rondándome desde hacía días. En la calle llovía si Dios tiene agua y pensé lo liberador que sería salir a correr. Y salí. Corrí bajo la lluvia, atravesé charcos y me empapé. Mientras corría, pensaba y lo hacía con claridad. Desenredé el problema, relativicé su importancia y encontré soluciones. Y volví a casa llena de barro y de felicidad.

Desde ese día corro. No llevo mucho, pero ya me siento runner. Formo parte de algo grande que me hace sentir viva, libre, feliz y en paz.

He descubierto por qué este deporte atrae y es muy sencillo: te invita a rebuscar entre tus sentimientos, a conocerte y a sacar lo mejor de ti. Y eso amigos, engancha.