Es habitual, por lo que veo entre mis amigos, y es que ya cuento por decenas los que nos hemos divorciado en los últimos dos años, ponerse nuevas metas y rodearse de amigos de toda la vida tras separarse. "Te han añadido al grupo Rodiles rural"; con este mensaje en mi Whatsapp empezó el plan. La idea, juntarnos unos cuantos en una casa de pueblo, parrillada, charlas, risas, juegos, cervezas y surf, no podía sonar mejor.

Esta vez no fueron los niños, fue la ilusión la que nos sacó de la cama

"¡Me apunto!". Organicé la maleta y esperé en casa con la ilusión de una niña pequeña a que vinieran a recogerme dos amigos que lo son desde hace casi 40 años.

Una furgoneta, la compra para los próximos días y las tablas de surf y comenzamos el fin de semana.

La primera noche fue genial. Cenamos jambalaya y bebimos cervezas, jugamos al Jenga y reímos a carcajadas (los que estuvisteis en los directos de mi Instagram fuisteis testigo). A cierta hora, molidos y felices, nos fuimos a dormir.

Nos levantamos temprano, y esta vez no fueron los niños, fue la ilusión la que nos sacó de la cama. Hubo desayuno para todos los gustos, porque uno a esta edad, determinamos la noche anterior, ya tiene claro las cosas que quiere en su vida y las que no. Así que pusimos piña fresca, café con leche de vaca o bebida de almendras, tostadas con tomate o mermelada y huevos revueltos. Cogimos todo y me hice una foto frente la ventana justo antes de salir hacia la playa: "Llevo 40 años queriendo hacer dos cosas, esquiar y surf. Me prometí que este año haría ambas, que ya valió de posponer cosas que uno quiere hacer, que se acabaron los 'algún día'...".

Sacamos las tablas de la furgoneta, las frotamos con parafina, nos pusimos los trajes de neopreno y nos hicimos la última foto, esta vez todo el grupo, recuerdo para siempre ya de un día imborrable en mi vida. 

Ya valió de posponer cosas que uno quiere hacer, que se acabaron los 'algún día'

Caminamos por la arena con las tablas bajo el brazo. Íbamos sonriendo, ellos comentando el estado del mar, yo mirándolos y pensando en lo importante de aquel momento.

Cuatro nociones de cómo y cuándo debía subirme a la tabla y nos metimos al agua.

No sé el tiempo que estuvimos, pero disfruté cada minuto. Nos colocábamos y esperábamos a la siguiente ola con el pecho sobre la tabla. "Isa, ¡rema, rema, rema!", gritaban los tres experimentados ya cuando sabían mirando a lo lejos que la siguiente ola iba a ser buena. Y yo obedecía y remaba y no podía dejar de sonreír. Pierna doblada, rodilla fuera, pecho arriba y... ¡al agua!

¡Me encanta!, les gritaba, y nos colocábamos de nuevo.

Cielo, mar, montaña, libertad, adrenalina, pasión, vida... Entendí por qué hay tantas personas enganchadas al surf, o quizás no era al surf, sino a la sensación de tener ante ti la oportunidad de vivir una segunda vida.

Sea como fuere, los miré balancearse en sus tablas y entendí por qué ninguno estamos dispuestos ya a bajarnos de esta ola.