Estos días estamos de celebración para conmemorar los 25 años de los Juegos Olímpicos de Barcelona’92 y como suele ocurrir en las conmemoraciones, igual que en los entierros, todo son alabanzas y buenas palabras. Pero pasada la emoción y la nostalgia, y removiendo la memoria, uno empieza a recordar que también hubo momentos muy difíciles.

Pujol se dedicó a negar cualquier inversión que convirtiera a Barcelona en un modelo

Para la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona y muy concretamente para el alcalde Pasqual Maragall, el principal obstáculo lo tenía al otro lado de la plaza Sant Jaume y se llamaba Jordi Pujol, y por extensión Convergència i Unió, que no creyeron en que la importancia del acontecimiento olímpico iba más allá de su mirada cortoplacista. Ahora que todos se llenan la boca del espíritu olímpico y del consenso, es necesario recordar que la ciudad de Barcelona tuvo suerte de tener un alcalde tenaz –su persistencia le hizo ganarse el apodo de la gota malaya–  y el astuto Pujol veía en Maragall un rival peligroso que un día llegaría a ser presidente de la Generalitat. Y aunque en público el president siempre mostró su apoyo a los Juegos Olímpicos del 92, en el día a día se dedicó a negar cualquier inversión que pudiera convertir a Barcelona en un modelo de transformación y de progreso que pudiera favorecer la figura política del socialista Pasqual Maragall.

Y ahora que la falta de infraestructuras en Cataluña es un clamor soberanista, es necesario recordar que Pujol negó la llegada del metro a Montjuïc, inversiones para construir las Rondas, para construir hoteles, para remodelar el puerto, la apertura de la ciudad al mar, la recuperación de la Barceloneta o la construcción de la Vila Olímpica.

Eso sí, se puso en marcha el Comité Olímpic Català (COC) que ha estado en letargo hasta su reactivación en diciembre de 2016 y más tarde llegó la campaña de Freedom for Catalonia.

Pero a pesar de las contrariedades, Barcelona ganó los Juegos del 92.