La metáfora resulta sugerente: "Los datos son el petróleo del siglo XXI". Nos revela que los datos son una mercancía muy valiosa que otorga a quien los posee un poder comparable al de los jeques árabes.

Si nuestros datos son petróleo, todos somos ricos. En lugar de vivir en un siglo XX dominado por el lucro de unos cuantos países -gracias a una materia prima que la naturaleza puso por azar en su subsuelo-, todos podremos comerciar con nuestra información y obtener beneficios… Suena bonito, pero no es lo que está sucediendo.

Equipararlos al petróleo reduce los datos a una mercancía que se puede comprar y vender, oscureciendo su otra cara: constituyen el corazón de nuestro derecho a la privacidad. Una metáfora que obvia algo tan elemental es fallida, pues consigue disminuir nuestro estado de conciencia respecto a nuestros derechos. Los abarata. De hecho, son baratísimos.

La legislación europea nos protege y exige nuestro consentimiento antes de cederlos. Pero eso no engorda nuestra cuenta corriente y, a menudo, nos vemos obligados a aceptar todas las cookies del presente, del futuro y de distintas galaxias, para usar una aplicación. Si el enriquecimiento recae, como suele ocurrir con las nuevas tecnologías, en unas pocas manos mundiales, adiós a la esperanza de hacernos ricos.

Lejos de convertirnos en jeques árabes, somos los productores de una riqueza que -una vez procesada- nos empobrece, pues la personalización de búsquedas hace que recibamos información adaptada a nuestro perfil. Nos conforma un mundo parecido a nosotros mismos, que refuerza nuestras cálidas certezas y en el que no tenemos mucho que aprender. Y lo peor es que ni siquiera los estamos vendiendo, sino regalando.