Pasado mañana, 18 de julio, se cumplirán 100 años del nacimiento de Nelson Mandela. Cuando murió hace cinco años, la pérdida fue global. Gobernantes tan dispares como Raúl Castro o Mariano Rajoy, pasando por Obama, le rindieron homenaje. La relevancia de su figura puede parecer obvia, pero no lo es. Mandela fue uno de esos hombres imprescindibles, de los que luchan toda la vida, pero no es importante por eso. Con el sacrificio de su propia libertad, defendió la de sus compatriotas sudafricanos negros. Convirtió la igualdad en la condición necesaria de la democracia. Reconcilió a un país. Pero todo eso no explica la trascendencia de su figura.

La Sudáfrica del Apartheid -que algunos airean alegremente estos días- no sólo privaba de sus derechos a la mayoría negra, sino que los convertía en algo menos que humanos. Cuando Mandela calificó el Apartheid de "genocidio moral", se refería a una persecución y una degradación que iban más allá de lo político. Menos obvio resulta el hecho de que aquel sistema sostenido en el tiempo también degradó a los blancos, pero él lo sabía. Cuando se convirtió en presidente de Sudáfrica, emprendió la tarea de restaurar no sólo el tejido político de una sociedad rota, sino sobre todo el tejido moral.

Al confiar en todos los sudafricanos -quienes habían sido inhumanos y quienes habían sido tratados como inhumanos-, los humanizó a todos. Y alcanzó la grandeza. En un mundo en que la división da réditos electorales y el odio encumbra a enanos morales, sus lecciones respecto a los enemigos, su rechazo al maniqueísmo y su generosidad adquieren la textura de lo urgente. "¿Qué habría hecho Mandela?" es la pregunta que hoy sirve de brújula a cualquier líder político.