La noticia más inquietante del verano procedía de Galicia. Allí habían borrado un paso de cebra y lo habían transformado en 'paso de vaca'. Como forma de llamar la atención sobre el mundo lácteo y rural tiene gracia, aunque me preocupó la explicación: "Las cebras no nos representan", dijo una responsable de la iniciativa. El comentario sin importancia es típico del espíritu de nuestro tiempo, apresurado y literal.

La gente literal se caracteriza por odiar la ironía, la metáfora, la metonimia y, en general, cualquier figura literaria que llene de vida las conversaciones, como hizo el primero que llamó 'paso de cebra' a un paso de peatones. Son personas que se toman en serio la idea de que las señales de tráfico deben representar a la tribu local: el día que viajan a Sídney mueren atropellados junto a un paso de canguro. Son esos que te censuran en redes si se te ocurre llamar a alguien payaso, porque creen que se debe dignificar la profesión del "técnico en ridículos y risa de los niños y las niñas". Me preocupa sobre todo la persecución que sufre el lenguaje metafórico, porque la metáfora es mucho más que una figura retórica, es una forma de estructurar el lenguaje y el pensamiento. No sirven solo para embellecer el discurso, sino que gracias a ellas conocemos el mundo. ¿Por qué los científicos equiparan al cerebro con un ordenador? Porque como no lo ven y tienen escasa idea de cómo funciona, la metáfora de la computadora les ayuda a imaginar. Y la ciencia no es nada sin la imaginación. Hablamos con metáforas, porque sentimos con metáforas. Por eso hoy regreso a la rutina como un perro apaleado. Y no quiero que los de la protectora de animales me regañen.