Alcanzar el estado de flujo con una actividad satisfactoria es lo más parecido a la felicidad

Ferviente defensora de los horarios europeos, los practico hace tiempo. Me levanto cuando las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora, que diría Lorca, y empiezo a trabajar aún de noche: no hay llamadas, reuniones o whatsapps que rompan mi concentración. Son horas muy productivas y muy felices. Pese a esa dicotomía absurda de conciliar trabajo y vida -como si estuviéramos muertos mientras trabajamos-, un reciente hallazgo de la neurología asegura que alcanzar el estado de flujo, el famoso flow, con una actividad satisfactoria es lo más parecido a la felicidad. Se trata de una mezcla de presencia, conciencia y reto que nos hace sentir que el tiempo vuela sin darnos cuenta.

El flow no existe para quienes realizan tareas penosas y monótonas, por eso la racionalización de horarios tiene sentido. No me sorprende que el 82% de la gente apueste por una jornada europea, como ha revelado el barómetro Ulises de 20minutos. Sin embargo, es un debate del pasado. El del futuro gira en torno a la automatización, pero falta valentía para abordarlo. Dentro de unos años, muchos de esos trabajos repetitivos y penosos serán realizados por robots. ¿Qué pasará con esa fuerza de trabajo sobrante? ¿Cómo se va a reciclar a esos trabajadores? La idea de que la humanidad se pueda librar al fin de trabajos alienantes resulta tentadora, siempre que sus efectos disolventes se prevengan con las políticas adecuadas. No es fácil, pero esconder la cabeza no nos va a ayudar.

¿Por qué no se abordan las 3,5 millones de horas extraordinarias no remuneradas? 

En España, además, tres millones de autónomos pueden llegar a hacer jornadas de 60 o 70 horas por semana y no disfrutan de vacaciones pagadas. Por otro lado, más de cuatro millones de trabajadores tienen un contrato temporal: preguntan a qué hora entran, pero no a qué hora salen. La presión de no ver renovada su precariedad es poderosa. ¿Cambiaría realmente la vida de estos siete millones de personas la jornada europea? ¿O solo se adelantaría su horario extenuante? ¿Por qué no se abordan los 3,5 millones de horas extraordinarias no remuneradas que se hacen en España? Evitarlas reduciría sustancialmente la jornada laboral de mucha gente, implantaría una cierta justicia y permitiría crear 150.000 empleos. Pero, claro, alguien se podría molestar si le arrebatan el privilegio de tener mano de obra gratis. Resulta mucho más cómodo debatir sobre la siesta o la sobremesa, esas palabras exóticas, intraducibles, de la lengua española.

A punto de zambullirnos en la robotización, la precariedad laboral tiene ribetes de la primera revolución industrial y sueldos de hace 30 años. El choque económico y cultural nos cogerá hablando de Greenwich.