Aunque el CIS ya ha dejado constancia del hartazgo general con Cataluña, los medios no parecen haberse enterado. Después del pico de tensión e interés alcanzado en octubre, parece que los ciudadanos han dicho: pues hala, volvamos a lo nuestro. Seguir las andanzas de tipos como Puigdemont, Rovira, Junqueras o Rufián es peligroso. Gente así desequilibra a cualquiera. Estar pendientes 24 horas de las ñoñerías de un puñado de niños malcriados que han alcanzado la categoría de dirigentes políticos resulta agotador. Hace unos meses, todo giraba en torno a banderas, cánticos y folclore. El hecho diferencial convertía a los caracoles –tan de la tierra– en seres de primera con sus siete apellidos de rigor. Aquello empequeñecía el corazón, pero planteaba una amenaza al Estado.

El debate de ahora ya no pasa ni por los caracoles: trata sobre el futuro penal de media docena de señores (ojo, media docena en Cataluña, y otra media en Madrid, por eso han encontrado la horma de su zapato). Este debate ya no empequeñece el alma: la tritura. Son señores que se aburrían con su existencia burguesa y anodina en uno de los lugares más ricos del mundo. Como ya no suponen una amenaza, el común de los mortales le ha dicho al encuestador del CIS que tiene problemas más importantes. Esta es la cuestión: todos tenemos problemas más importantes. Sin embargo, los medios están empeñados en que dediquemos nuestra atención a pensar si levantamos un puesto fronterizo entre Tarragona y Castellón. El debate de ahora trata sobre el futuro penal de media docena de señores

A veces me imagino a mis nietos preguntándome el día de mañana de qué debatíamos en España en 2018. Les diré: "Divagábamos sobre una región ficticia llamada Tabarnia; discutíamos si una comunidad autónoma se podía gobernar en rebeldía". Me ruborizo al pensarlo. Porque mis nietos cogerán taxis sin conductor, probablemente nosotros también; recibirán un paquete que traerá un dron sobrevolando la ciudad; en su mundo profesional, quizá su más estrecho compañero de trabajo sea un humanoide, y en su catálogo de enfermedades, tal vez ya se haya encontrado una cura para el cáncer.

Sin embargo, existen riesgos de naturaleza política que no estamos abordando. Es muy probable que cuando se encuentre un tratamiento para el cáncer resulte tan caro que solo se lo puedan pagar los superricos. La concentración de la tecnología en pocas manos casi garantiza que sus beneficios enriquecerán a unos pocos, pero no mejorarán las condiciones de vida de la mayoría. Esto va a ocurrir pasado mañana. Y no son cuestiones tecnológicas, sino políticas. La cuestión es que para hablar de ellas hay que saber. A veces tengo la sensación de que muchos siguen con el raca-raca de Cataluña solo para no estudiar.