Querida azafata cesante, desapareces de la Fórmula 1 y huele un poco menos a abrótano macho. En el circuito y fuera. Ese aroma envolvía tu presencia en la carrera, ya fuera sujetando un cartelón en la parrilla o haciéndoles el pasillo a los pilotos. Tú siempre en el antes y en el después: lo central lo hacían ellos. En el evento de la velocidad y el despilfarro, solo era austero tu vestido. El desempeño del conductor culminaba en la meta; el tuyo, en el beso, ese preciso instante en que dos azafatas entregabais el premio al ganador y le besabais sus sendas y masculinas mejillas al unísono, una por cada flanco.

En ese momento se cerraba el círculo simbólico: el artífice de una proeza obtiene el éxito, por lo que recibe el dinero y la chica. El beso les dice a las mujeres que son un premio. Por supuesto, el premio no eres tú, querida azafata concreta. Ahí arriba en el podio, el campeón figura con nombre y apellidos, pero tú no eras tú, sino una mera encarnación del dichoso eterno femenino, que nunca he sabido bien qué es. Quedaba clara, eso sí, tu pertenencia a esa mitad de la humanidad que debía aguardar con el beso a punto mientras ellos realizaban sus hazañas. Ganar una carrera de Fórmula 1, como matar dragones, lleva su tiempo, y esperar sentada se hace una eternidad. Quizá el eterno femenino se refiera a esa pesadez.

Sin embargo, tu beso también constituye un universo simbólico para los hombres. Les dice: si triunfas, las chicas te querrán. Todas tenemos claro cómo esos eventos cosifican a las mujeres, pero la imagen de los hombres tampoco sale bien parada. Les transmite que merecen ser queridos, no por lo que son, sino por lo que hacen. Me imagino esa sensación como de una profunda soledad. Y no deja de asombrarme que, en medio de este benéfico terremoto cultural que supone la igualdad, los hombres tengan tan poco que decir, no a favor de ellas, sino de su propia liberación.

La consagración durante décadas de las mujeres como parte pasiva del espectáculo es solo la consecuencia lógica de estar excluidas del aspecto activo. Por tanto, ahora que sales del atrezzo de la Fórmula 1, querida azafata a extinguir, es el momento de que las mujeres entren en el circuito a pilotar. Esa será la próxima reivindicación: esta carrera es larga y está pidiendo velocidad.