En tiempos en que se acusa a la política de distanciarse de las vidas reales de la gente, sentar a un astronauta en el consejo de ministros es arriesgado: al menor traspié resultará jocosamente obvia la observación de que no tiene los pies en la tierra. La experiencia muestra lo contrario. Uno de los más célebres pasajes de Cosmos, es el discurso de Carl Sagan llamado Pale Blue Dot: allí nos explicaba qué significa que la tierra sea, vista desde el balcón de una nave espacial, una mota azul. Las fronteras, las banderas, las guerras, se muestran con su espléndida ridiculez. Cambiar la perspectiva lo es todo para comprender.

Por su parte, los primeros astronautas americanos que viajaron a la Luna regresaron como héroes nacionales. Al aterrizar pronunciaron el consabido discurso patriótico ensalzando su país, que había ampliado los confines de la colonización humana y bla, bla, bla. Sin embargo, muchos años después, al llegar a esa edad en la que uno puede por fin decir la verdad, realizaron un par de enternecedoras confesiones. Una, que al poner un pie en la Luna la primera pregunta que les vino a la mente fue: ¿qué narices estoy haciendo aquí? La segunda fue una descripción fabulosa del trayecto hacia la Luna y cómo su visión de la tierra iba cambiando al alejarse. Primero mirábamos nuestros países —dijeron—, luego nuestros continentes; finalmente, la Tierra como un todo.

Tener esa perspectiva del planeta modifica por fuerza el entendimiento de la condición humana. Tan fuerte, tan poderoso como puede ser un ministro o un presidente del Gobierno, habernos visto a los humanos desde allí y haber comprendido que somos una simple evolución mejorada del polvo de las estrellas forzosamente le pone a uno los pies en la tierra.