El «asunto» Cifuentes, ese que nos ha llevado dos meses de titulares y desprestigio institucional, ha indignado y avergonzado a todos los que, como yo, estudiamos o hemos cursado una carrera, un grado o una formación de postgrado.

Los estudiantes que han pasado por un campus universitario saben lo que significa levantarse a las 6.30-7.00 de la mañana para ir a clase en un tren o un autobús abarrotados. Solo quienes han compaginado estudios y trabajo valoran el esfuerzo que supone salir de casa de noche y regresar cuando el sol ya se ha puesto. Únicamente los padres y madres que han empeñado su tiempo y propiedades en pagar las matrículas de sus hijos pueden dar testimonio de lo que cuesta darles la oportunidad de un futuro mejor.

El mérito, la capacidad y, por supuesto, los títulos académicos no se pueden regalar. Hacerlo supone llevarse por delante dos de los pilares que inspiraron la creación de las universidades públicas en nuestro país: el progreso social y la igualdad de oportunidades. Pero este lamentable episodio, que va a finalizar con la elección de un presidente regional de transición hasta las elecciones autonómicas de 2019, no debe desanimarnos ni desmoralizar a los actuales o futuros estudiantes.

La universidad pública sigue estando muy viva y somos muchos los que vamos a trabajar duro para situarla al nivel que merece. Somos muchos los que queremos que la universidad sea un verdadero trampolín para que nuestros jóvenes puedan llegar hasta donde alcancen sus sueños. Una universidad innovadora, abierta al mundo, que premie la excelencia y que les permita competir por los mejores empleos y las mejores oportunidades a nivel mundial.

En este sentido, Ciudadanos ha presentado una reforma encaminada a corregir los defectos históricos de nuestro sistema educativo: politización, burocratización, opacidad, endogamia… Proponemos una universidad eficiente y orientada a resultados, que incorpore a profesores e investigadores de prestigio mundial, que facilite los intercambios internacionales, que impulse centros de alto rendimiento en I+D+i, que disponga de un potente sistema de becas y donde los idiomas -y el inglés en particular- sean una pieza central del aprendizaje.

Queremos que de ella salgan los futuros y mejores expertos en programación y aplicaciones, ingeniería, diseño, telecomunicaciones, derecho, educación o energías renovables. Es cierto que la imagen de la universidad pública ha sido vapuleada. También, que sus planes de estudios se han alejado demasiado de la realidad laboral y profesional. Sin embargo, no podemos resignarnos.

La educación superior puede y debe actuar como palanca del avance social, económico e investigador de la Comunidad de Madrid y del resto de España. Conseguirlo es una cuestión de valentía y de voluntad política. En Cs ya hemos demostrado que somos capaces de liderar reformas y de llegar a acuerdos en beneficio de los ciudadanos. Ha llegado el turno de la universidad. Vamos a ello.