Olivos de la vida

ICÍAR BOLLAÍN. DIRECTORA Y ACTRIZOPINIÓN
Iciar Bollain, lista para escuchar el fallo del jurado.
Iciar Bollain, lista para escuchar el fallo del jurado.
Jorge París

Hasta hace muy poco yo no tenía mayor relación con ellos que verlos en infinidad de rotondas o jardines de lujo. Olivos de troncos enormes y retorcidos, casi más escultura que árbol, que en el 'boom' de los años 2000 se convirtieron en elementos decorativos, yendo a parar algunos hasta China. Hace ya más de tres años, mi compañero Paul Laverty me propuso contar la historia de uno de ellos. Viajamos a uno de los lugares donde aún se pueden encontrar, gracias a una ley que los protege, en el Bajo Maestrazgo, Castellón. Al verlos de cerca nos sobrecogió su tamaño, sus formas, las mil texturas de sus troncos que a menudo giran sobre sí mismos, como si rotaran ellos también con el planeta.

Meses más tarde, ya con el guion de El Olivo terminado, volvimos para elegir los lugares de rodaje y al olivo protagonista. La película hablaría de Alma (Anna Castillo), una chavala de apenas 20 años, y de su viaje tras uno de estos ancianos milenarios, arrancado años atrás del olivar familiar. Vimos docenas. Admiramos sus troncos, sus raíces como garras. Parecía difícil elegir, hasta que llegamos al nuestro. Nunca antes había sentido una emoción así ante un árbol. Con 8 metros de diámetro, este olivo daba la dimensión del tiempo, recordaba que tu vida es muy corta, comparada con la suya. "Una maravilla", musitó sobrecogido Manuel, un hombre que lleva toda la vida trabajando con ellos e interpreta al abuelo de Alma. Es pasmoso ver cómo hemos preservado calzadas y acueductos y sin embargo arrancamos estos olivos espectaculares que también nos dejaron los romanos. Unos olivos que, como dice uno de los personajes en la película, ni siquiera nos pertenecen, porque son de la vida, de la historia.

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