El otro día estuve en una charla en la que se hablaba de sentido común y, tras discutir y debatir sobre cómo podíamos definirlo, llegamos a la conclusión de algo bastante obvio: el sentido común no lo es tanto, no es tan común como a priori podríamos suponer.

El sentido común nos dice que si son las dos de la madrugada, no puedes tener la música a tope porque, quizás, a tus vecinos les molestas, están durmiendo, tienen niños pequeños... Es pensar un poco en los demás, ¿no? El sentido común es caer en la cuenta de que si dejas el coche mal aparcado, igual estorbas al que has bloqueado y, quizás, tiene mucha prisa, ¿no? Sentido común es ponerte muchas veces en el lugar de los demás y no ir por el mundo arrasando y mirándote el ombligo.

Pero insisto, el sentido común no lo es tanto y, al final, hay que gastar mucho dinero, mucho esfuerzo y muchos recursos en arreglar los desaguisados de quienes no practican pensar un poco y acertar en sus acciones.

En Holanda han decidido crear una solución de un problema generado por mucha falta de sentido común: tirar los chicles al suelo. Escupir esa chuchería al suelo en vez de dejarla en una papelera que seguramente estará muy cerca, quizás al lado de donde lo has dejado tirado. Cada año solo en Ámsterdam recogen más de millón y medio de chicles tirados al suelo. Millón y medio de gomas pegadas a las aceras, los carriles bici, el asfalto que tardan años en desaparecer.

Los chicles son junto con los cigarrillos el mayor problema de limpieza de las grandes ciudades. Muchos ayuntamientos han gastado dinerales en idear sistemas de prevención y de limpieza: asfalto antiadherente para este tipo de gomas, para que luego despegarlas sea más fácil; cañones de vapor para poder despegarlos mejor... Los chicles no son biodegradables. Tardan entre 20 y 25 años en desaparecer y mientras están ahí.

Pues bien, una empresa holandesa ha decidido rascar todos esos chicles y reutilizarlos. Ha diseñado zapatillas de deporte con suelas recicladas de chicles. La suela lleva el diseño del mapa de Holanda. Pero es que además han colocado en las calles paneles exactamente iguales para disuadir a los guarros y que la gente pueda ir pegando ahí sus chicles. Consiguen concentrar los desperdicios en un mismo sitio, evitar que acaben pegados al suelo y lograr darles una segunda vida mucho más útil. Aplicar un poquito de sentido común a la convivencia. No es mucho pedir.