La primera vez que contó su proyecto casi se echan las manos a la cabeza: ¿pretendía meter un deporte de contacto, en el que hay golpes, un deporte percibido como agresivo y bruto en las cárceles? Durante meses la única respuesta que Tristán Moziman recibió de instituciones y responsables era "no, no se puede".

Pretender que los reclusos empezaran a jugar a rugby en las prisiones era la idea más descabellada que habían escuchado nunca. Daba igual que el proyecto ya funcionara con éxito en Argentina desde hacía unos cuantos años (Los Espartanos), daban igual las cifras que avalaban que la inserción de los presos que habían jugado al rugby era mucho más efectiva que los que no. Nadie veía lógica en la propuesta de Tristán, y Tristán tiró la toalla.

Hasta que un hombre, con una pistola, se cruzó en su camino. Él lo describe como el minuto y medio más increíble de su vida. El que le hizo saltar el resorte. Volvía a casa con un amigo cuando vieron a un tipo apuntando a otro con una pistola, en mitad de la calle, y sin pensárselo, se interpuso entre el arma y la víctima. Le intentó hacer entrar en razón, le pidió que se tranquilizara, que recapacitara y al segundo, la pistola la tenía sobre su frente. Siguió hablando –es argentino y sabe hablar sin hacer pausas ni respirar durante mucho rato– hasta que llegó un coche de policía y tras un intento de huida, al tipo lo detuvieron.

Aquella situación le hizo retomar su idea; dice que le dio fuerzas, que le demostró que con empatía, todo es posible. Y esta vez las puertas se abrieron. Le dijeron "sí, adelante con el proyecto". Apenas llevan un año metiendo el balón ovalado en la prisión de El Dueso, en Cantabria. Arrancó en mayo de 2018 y ya hay varias ciudades y clubes de rugby que le han pedido ayuda para llevar ese deporte a las cárceles.

Le pregunto a Tristán por qué cree que el rugby funciona mejor que otros deportes, por qué ha logrado enganchar a esos presos de nuevo a la vida, a tener una ilusión para salir y empezar de nuevo. "No es el rugby Helena, es saber escucharles, saber darles valores". Al principio confiesa que puede haber miedo al contacto, pero ahí están las reglas del juego: lo que se puede y no se puede hacer en un placaje, en un pase, como en la vida. Y ahí está la clave de todo. "En la vida, como en el rugby, hay reglas que hay que cumplir y con un balón ovalado, hemos conseguido que muchos de ellos vuelvan a entender esto tan simple".

Singa, uno de los presos que está en su equipo de la cárcel del Dueso, está a punto de salir. Tristán le ha buscado un empleo. Y él resume perfectamente el éxito de todo este proyecto: en el rugby la máxima es que si te caes tienes que levantarte y seguir placando, apoyando al equipo. En la vida, igual: si te caes, te puedes levantar y volver a empezar.