Le llaman el Robin Hood del Vaticano. Y el título se lo ha ganado no robando a los ricos para dárselo a los pobres, sino consiguiendo la mayor hazaña ahora mismo posible en Italia: plantarle cara al populismo.

Este cardenal del Vaticano decidió remangarse la sotana y entrar en un edificio ocupado que llevaba más de una semana con la luz cortada. Dentro viven unas 450 personas, la mayoría inmigrantes, con niños pequeños o personas sin hogar a las que no les llega para pagarse un alquiler en la carísima Roma. Una semana sin luz para gente que no tiene nada es un obstáculo más en su complicado día a día, en el que emplean mucho tiempo en lograr sobrevivir y muy poco en simplemente vivir.

Hay que buscar comida, dinero, trabajo, papeles, evitar las detenciones y hacerse invisibles en una ciudad, en un país, en el que ser inmigrante es estar señalado. Muchos padres y madres viven angustiados por lograr sacar adelante a sus hijos. En ese edificio, de las 450 personas, 100 son menores, niños que no entienden por qué la luz no se enciende por la noche y por qué la lavadora no funciona.

Su versión de Robin Hood llegó ayer con sotana y alzacuellos. El cardenal Konrad Krajewski lo tenía claro: "Sin luz no se puede vivir" y con esa idea clara se fue al edificio en cuestión, rompió el precinto policial y realizó un empalme en el cuadro de la luz. De joven había sido electricista y sabía muy bien cómo volver a encender los sueños de todas esas personas, qué cables conectar y qué palabras pronunciar para que dejaran de vivir en la más absoluta oscuridad. Para que dejaran de ser invisibles para el resto. Era una cuestión de humanidad, insiste. Ahí dentro viven niños, personas enfermas...

Pero claro, el gesto, por mucho que venga del Vaticano y de la mano de un cardenal, ha enfadado al gobierno populista de Salvini, el hombre que ha construido su discurso político demonizando a los inmigrantes y que ha consolidado sus apoyos políticos apelando al miedo de lo que el de fuera puede hacer, quitar o provocar al italiano de toda la vida (sin definir qué es eso del italiano de verdad). A Salvini devolverle la luz a ese edificio le ha parecido una provocación, una ilegalidad dice, y exige al cardenal y en su defecto al Vaticano que le pague una multa de 300.000 euros.

El tema amenaza con ir a más. Y el papa, auténtico defensor de los derechos de los migrantes, no piensa ceder. Salvini, provocador nato, un hombre que sabe cómo acaparar titulares, dice que si el papa y el Vaticano están tan preocupados pueden pagar la factura a todos los italianos con problemas, solo tienen que pasarle un número de cuenta. En fin. Salvini es ese al que aquí, algunos, aplauden con entusiasmo por su discurso xenófobo. Tomen nota.